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"El limón hespérico" es un libro perdido del que, gracias a algunos borradores no muy bien entregados a la hoguera, he recuperado una parte. Es ya un libro viejo, de forma que tal vez lo desempolve para inhumarlo, más o menos adecuadamente, en un acto de infinita misericordia.

El poema que les presento –rescatado del dominio de las chilindrinas (1)-, es del año 1973: una época en la que yo, según deduzco, estaba un tanto influido por cierta literatura chulesca, no sé fijo de quién. ¿O será de mis años en Madrid? Además, por entonces rezumaba solterías y libertades, de modo que casi es un enigma la elección de este asunto de cuernos, que sin duda es una ficción basada en la lectura, en los ejemplos graciosos de la vida o en el ingente comadreo del vecindario. En todo caso, música tocada de oído.

(1) El libro constaba de dos partes: las chafalditas y las chilindrinas, que ahora me parecen quisicosas intercambiables, de las que mueren por falta de necesidad; casi como las aves del César.

 

DESENGAÑO CON APAÑO

No te extrañe
que te engañe
si me dejas siempre sola. 

No me vengas, Faraguyas,
con alguna de las tuyas.
¡Gilipollas! 

Y no me andes con pamplinas
ni me compres golosinas,
que no trago.

Lo que hago
lo refrendo.
¡Reverendo!

 Y a las tales, apercibe
lo que sigue.
Verbi Gratia:

No reguñas.
No te pongas de pezuñas.
¡Pieses planos!
¡Huesinalgas!

 Ni me digas
tantas veces,
Cascanueces,
que las ligas
se me bajan. 

Que no aguanto pequeñeces,
¡Comprimido! ¿Te percatas? 

Y no soples, que me oreas.
¡Ventolero!
¡Soplagaitas! 

Es decirse, Comadreja:
ni una queja. 

Que quien anda con fulana
de mañana,
ya supone
lo que expone,
¡Corleone!
Lo que deja.

Y me consta, Zacarías,
que te lías.
Y te vas con esas tías
que mondongan, en resumen,
el cerumen
de la oreja.

Y quién sabe
si hasta el coco del oído
te han lamido.
(Que ya es cosa repelente,
mi Teniente.
¿Cómo ha sido?)

Deja, deja...
¡Resumido!
Que te aguanten el corrido
tus Galufas.

Y si quieren,
que te ondulen la pelana,
¡Rasmayana!,
y te pongan las orejas
tan calientes
como estufas.

Esa torta
no me importa,
Maragato. 

Pero... ¡Chato!,
¡Pablo Porta!...
No es derecho
que te guinden el barbecho
cuatro brujas,
y apechugue yo el relato
perorato,
con las plastas e intenciones
que le pones. 

Porque, ¡leches!, es que atufas.
Es que sueltas perdigones
a montones
cuando bufas.

Ya lo sabes, Jenofonte:
vete al monte.
¡Carapones!

Y a lo sumo, Romanones,
menos lobos.
Que la casta,
cual se dijo,
se demuestra en la canasta,
Lagartijo.
¡Con balones!

Y por ende
me comprende
quien me usa.
Y me abusa.
Y se aviene en los botones
de mi blusa.
¡Donde sea!

O se sea,
Lanzarote:
¡date el bote!

Que además hay otra cosa,
¡Mariposa!
Que me gusta a mí el cogollo
del cetollo
con bigote.

Que me enciende ese galope
rocinante
del amante.
Ese trote
que se sube y que se baja
por la faja.

 ¡Sancho Paja!

 ¡Don Pijote!

 

Mariano Estrada

De El limón hespérico

 

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