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Desde La flor del Almendro
En las breves líneas que ilustran la solapa de mi último libro
publicado, Azumbres de la noche,
manifiesto que fue escrito donde
tiene su aposento la luz, entre las brisas salobres de este undoso Mar
llamado Mediterráneo. Lo
que entonces no sabía es que el mediterráneo lo llevaba yo dentro, al
menos en alguna de sus formas o interpretaciones. Lo supe al esbozar otro
libro: el que ahora está en tus manos, lector, pues aparte de la luz o el
mar, tan tópicos como ineludibles (tan propicios, por tanto, para la
impregnación, la subyugación e incluso la dulía), aparte de "esas
cosas", digo, se deja ver el paisaje: ése que yo he aprendido a amar
en los 21 últimos años de mi vida: pinos y palmeras, hortales y
collados, regatones, trochas, cambroneras... Y especialmente el almendro,
con su tronco de vieja soledad, con su flor de luna.
Ni que decir tiene que el paisaje de mi niñez, tan otro, tan distinto,
queda preservado amorosamente en los claros sin tacha de mi alma. Frente a
él, y a pesar de tan honda caladura, el mediterráneo es un beso
reciente. No se excluyen, no obstante; quizás se complementan; los dos
habitan en mí de una forma civilizada y enriquecedora. Eso sí, me duelen
ambos porque ambos corren peligro: uno por obligadas incurias, otro por
excesivos hormigones.
Y entre estos dos azúcares de amor, yo, amante pródigo, confieso que un
paisaje de almendros -especialmente en un lugar adecuado, como lo son
ciertos valles de la Marina (Alicante)-, es de tal belleza que a mí me
arrastra a las fimbrias nebulosas de la realidad o íntima frontera del
ensueño. Es decir, me deja boquiabierto, desverbado, humildemente
desnudo.
Lo penoso es pensar que sobre estos enclaves milenarios, cargados ya de
lastres insufribles, pero bellos aún, pueda alzarse una sentencia última
de mutilación o varias más sutiles de velada muerte. Por lo cúal, desde
esa flor dulce de luna, cárdena o albina, con toda la belleza subsidiaria
del paisaje, yo vindico el almendro no sólo como exaltación de un
pasado, sino también y, sobre todo, como parte inexcusable de nuestro
destino.
PRÓLOGO
DE MIGUEL ÁNGEL LOZANO
De entre los temas poéticos privilegiados por la tradición es posible
que el del paisaje sea el que requiera, para su adecuada expresión, una
lograda madurez en el poeta. El paisaje no es superficie, sino hondura y
densidad, y sólo una prolongada convivencia con él -como sucede en los
matrimonios bien avenidos- propicia las claves para su comprensión. Se
conoce sólo a costa de entregas, porque no estaremos en el camino
adecuado hasta que no comprendamos que el paisaje es el que nos va
haciendo a su medida, a fuerza de costumbre.
Y al fin me reconozco en el paisaje,
dice en uno de sus versos. La conciencia de sí mismo se resuelve en
palabras, y éstas realizan el prodigio de diferenciar en medio de tanta
confusión, de re-ordenar un caos primigenio sin traicionar la verdad de
los enlaces. Para lograr el prodigio de la diferenciación es
imprescindible, además de la conciencia, un lenguaje rico, variado y
expresivo. El lenguaje intenta poner orden en esta fusión total del
tiempo y la materia. El lenguaje es así vida destilada de los días, de
los años vividos, y de las leguas recorridas con atenta mirada; vida
destilada que preserva los instantes en que se ha palpitado, no para dar
la medida del tiempo, sino para acompasar su ritmo con la eterna pulsación
del mundo. Miguel
Ángel Lozano AQUÍ
TE AMÉ
A Rosa
Aquí
te amé, junto a los sauces, En
este huello húmedo, Sobre
el tejuelo de la historia Aquí, Anclado
en la consciencia ALIAGAS
DE MARZO Me
reconcilio, al fin, con el soporte Me
reconcilio con el beso gris, Y
al fin me reconozco en el paisaje Y
bendigo el limón sin amargura Sí,
hoy me reconozco
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