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Nota explicativa:

Este texto forma parte, junto con otros 47, de un precioso libro artesanal, ejemplar único, hecho para ser regalado a don Jorge Torregrosa Ruiz, médico eminente y excelentísima persona, en homenaje y reconocimiento a toda su vida. Don Jorge Torregrosa Ruiz acaba de ser nombrado hijo predilecto de Villajoyosa y va a ser propuesto al Consejo de Ministros para la concesión de la medalla de oro al mérito en el trabajo. M.E.



DESDE LA ADMIRACIÓN

Querido Jorge:

Uno de los mayores estímulos que, para fortalecer el espíritu, me ha ofrecido la vida es la poesía. Otro la admiración. Es decir que, además del regalo de la poesía, yo tengo la suerte de poder admirar a determinadas personas. Y esto no es un mérito mío, claro, esto tan sólo significa que, para mí, hay determinadas personas que son exactamente admirables. Y, mira, da la casualidad de que una de ellas se llama como tú: Jorge Torregrosa Ruiz, ¿el coneixes, amic meu? Hombre de carácter apacible, a veces campechano, siempre bondadoso, padre de una larga familia, médico vocacional (eminente como consecuencia), buen conversador, comprometido, casi revolucionario (y, a pesar de ello, tolerante), culto, vitalista, honesto...

Dicho de otro modo: Jorge Torregrosa Ruiz es un hombre admirable, un hombre digno de admiración. Je t,admire, monsieur. Je t,admire, Jorge. Y lo hago con un tipo de admiración en el que no se marcan distancias ni se establecen barreras ni jaulas de cristal ni pedestales, sino todo lo contrario: una admiración de proximidad, de roce, de contacto, una admiración humana que permite disentir en la opinión, en la creencia, en la ideología, que respeta y escucha, una admiración caudalosa que comprende los aciertos y los errores, que acepta con ánimo parejo la derrota y las palmas, para decirlo con palabras de un gaucho clarividente que sin embargo era ciego. En resumen, una admiración sin cortapisas ni condicionantes, liberal, libre y terrena.

Cada vez que he coincidido contigo, con independencia del motivo o del lugar, me ha admirado tu gesto, tu naturalidad, la afabilidad de tu saludo y de tu trato, tu educación, tu comprensión, tu agilidad de palabra, la anchura de tu pensamiento, la variedad de tu sabiduría. Y la buena disposición para entender lo diferente, lo otro, lo distinto, para escuchar a los demás, para no imponer tus argumentos en nombre de esas partes colgantes de la biología que, como sabes, en este mundo de Dios, en el que España es un componente señalado, se catalogan como patrimonio.

He aquí, pues, Jorge, una admiración explícita, aunque no sé si bien explicada. No me importa que suene excesiva, incluso abrumadora. Tú y yo sabemos que sólo nos debemos el cariño y el respeto. Bueno, yo te debo algo más: te debo las atenciones que, no hace demasiados años, tuviste con una persona para mí muy querida. Pero aún hay más, yo creo que aquí, en La Vila Joiosa, en la Marina Baixa, en la Comunidad Valenciana, todos te debemos algo. Y, en último término, todos te debemos la existencia, te debemos esa figura reconocible, esa humanidad generosa, esa forma sencilla y transparente que, a lo largo de los días, los meses y los años, has ido desgranando en las calles, en la intimidad de las casas, en la consulta, en los actos públicos, en las actividades políticas, sociales y culturales, allí donde ha habido gente que, de una forma o de otra, te ha percibido o señalado o necesitado.

Yo, además, quiero darte las gracias por dejar tu ancha huella entre tus próximos, especialmente entre los miembros de tu familia, por haberles inculcado ese trato exquisito con el que, tanto ellos como tú, siempre me habéis distinguido. Yo no tengo duda de que ello es consecuencia de esa determinada educación a la que aludo, de esa determinada forma de ser de la que eres depositario. La medicina es tu espejo de proyección, como todo el mundo sabe; la humanidad que has repartido por ahí, a borbotones, que repartes aún y te señala, acaso sea el asiento de tu obra. Gracias a todos. Gracias, Jorge, por todo.
Mariano Estrada, 09-10-2003

 

 
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