La primera noticia directa que yo tuve del lobo fue una tarde de
nubes y olor reciente de lluvia. Según calculo ahora, basándome en
acontecimientos familiares de muy difícil olvido, habrían pasado siete años
desde el día de mi nacimiento. Por un asunto de tratos en ganadería, de
los que a mí me llegaba únicamente el enternecedor balido de los
corderos, mi padre había ido a un pueblo de lo que para mí era entonces
la ultramontana Cabrera, más allá de Velilla, donde había un lago azul,
un pico muy alto, llamado Vizcodillo -que en agosto conservaba intacta la
nieve-, y un lejano tufillo de supersticiones y fantasmagorías, no muy
bien definidas, entre las que estaban las historias espeluznantes del lobo
y los mágicos ululares de ciertas almas en pena, a cuya sombra se
cobijaban los forajidos y malhechores.
Podía haber ido a lomos de una yegua rojiza, que yo montaba a pelo entre
galopes de temeridad y rozaduras, pero no había sido posible, pues la
yegua estaba preñada y en la casa iba a haber un parto inminente; un
parto que, si realmente ocurría, atendería con solvencia mi abuelo...
Y ocurrió, fue un potrillo salvaje y pelirrojo por el que, casi un año
después, arrancado de mis brazos por el tratante que lo había
formalmente adquirido, yo sentí emociones elocuentes que terminaron
en lágrimas.
De regreso, atravesando las cumbres de la Sierra de la Cabrera,
desde las cuales se abarcan las amplias lejanías de la provincia, pero
también las cercanas laderas de Aguablanca, el Ferradal, Tijeo..., la
tarde mandaba su inminencia hacia una noche cerrada. En ella estaban
los miedos y las sombras, las meigas y los lobos.
Mi madre, hecha de cariños y prudencias, me obligó a ir a la cama,
una cama de roble y de carcomas donde yo acosté mis tímpanos
despiertos... La habitación era un lóbrego vacío de ferocidades, algo
así como las fauces negras de un lobo. Yo tocaba el suelo con la mano
para crear la realidad y los objetos, porque mi madre se había llevado el
candil y, en la tiniebla, el espacio era un tinglado de burbujas
desvanecientes atravesadas por lluvias abundantes y amenazadoras:
las aguas de mis ojos que plasmaban en el techo unos zarpazos de muerte...
Pero la muerte no vino. Yo crucé la mañana del domingo en un letargo
cansado y, al despertar, ya en las proximidades de la comida, una risa
grande y unos ojos alegres y despiertos se estrellaron contra el rostro de
mi padre que me miraba sonriente
- ¿No te levantas hoy, Jeremías? -me preguntó.
-¿Por qué tardaste tanto?-le pregunté yo a mi vez, con acento de
recriminación más bien perdonable
- Es que me salieron los lobos -dijo él, tan tranquilo.
- ¿Sí? ¿Y qué hiciste? -repliqué yo entre admirado y temeroso
- Muy fácil, me subí a un roble y esperé a que se hiciera de día
- ¿Y los lobos, no intentaron cogerte?
- Pues claro, pero yo no los dejé... ¿qué te habías creído?
- ¿Y por qué no llevaste la escopeta?
- ¿Para qué, si me bastó con la cacha...?
Le fue suficiente con la cacha... Y la cacha era de roble, por
supuesto. Y el roble era magnífico y robusto, como mi padre. Y yo, que
siempre he amado a mi padre, amé también al roble. Hoy amo al roble y a
mi padre, que ya ha muerto. Pero también a los lobos, que afortunadamente
perviven en los montes de roble de Velilla ¿Qué sería de ellos si mi
padre, aquella noche oscura y tenebrosa, hubiera matado a sus
desconsiderados antecesores?
"Posdata
eólica :
debo añadir que tanto el lobo como el roble, símbolos de una rica fauna
y de una flora exuberante y milagrosamente virgen, están amenazados de
destrucción y de muerte. Salimos del olvido institucional, lugar que
corresponde naturalmente a los pobres, para entrar en la desolación
de los cementerios de alta montaña. Allí van a enterrar nuestro
futuro empresas como Gamesa (Bbv-Iberdrola), mediante la colocación de
innumerables estafermos eólicos, con sus aspas de menudillos de ave
aproximada, con sus ruidos de sutil socavación de la paciencia, con los
destrozos culpables de sus electrificados corredores de velocidad, con sus
líneas de última moda y de muy alta tensión... Y con el nulo respeto
que las multinacionales y las administraciones están demostrando tener
por la tradición, por el paisaje, por la gente, por la vida".
Mariano Estrada
(1).- Velilla: montes situados en el norte de La Carballeda, Zamora,
"comarca cuyo hecho diferencial es un extenso roble y un largo
aullido de lobo". Sus cotas más altas se sitúan en la Sierra de La
Cabrera, separándola de la comarca de este mismo nombre. Sus valles, que
acompañan a un agua cristalina hacia el río Fontirín (que desemboca en
el Negro que desemboca en el Tera que desemboca en el Duero), están
milagrosamente habitados por unos robles hermosos, cuya robustez
centenaria brota a veces de la negra antigüedad de las pedrizas... Al
Noroeste la deslinda Sanabria, comarca de Lago
legendario y de consecuente Parque Natural.
Mariano Estrada
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Paisajes Literarios. La Web de Mariano Estrada.
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