Cuatro
meses después de la inauguración de Paisajes Literarios, ponemos
en marcha esta sección que, desde ahora, queda abierta a la
participación de los lectores. No habrá más filtros que los
de la calidad y el respeto, siempre a juicio de un consejo de
redacción
que, dada su facultad de decidir, también podrá equivocarse.
Ángel
L. Prieto de Paula.
Doctor en Filología Española y profesor titular de Literatura en la
Universidad de Alicante. Ha publicado libros de poesía (Ortigia
y Compás del vacío) y ensayo
(Contramáscaras), y
traducido en verso una selección de la obra de Lucrecio (De
la naturaleza). Ha
preparado ediciones de Garcilaso de la Vega, Tomás de Iriarte,
Antonio Gamoneda, Espronceda, José Luis Hidalgo, Antonio Martínez
Sarrión, Claudio Rodríguez... Entre sus libros sobre poesía española,
destacanLa llama y la
ceniza, La lira de Arión,
Claudio Rodríguez: visión y
contemplación, Musa del
68: claves de una generación poética, y De
manantial sereno: estudios de lírica contemporánea. Ha
preparado, además, diversas antologías sobre las promociones
literarias de la postguerra, como 1939-1975:
Antología de poesía española, y Poetas
españoles de los cincuenta. Ha
ejercido la crítica literaria en elABC
Cultural, y en la
actualidad lo hace en el suplementoBabeliadel diarioEl País.
ARTÍCULOS
BREVES
Paisajes
Literarios ofrece a sus lectores una serie de artículos breves de
Ángel L. Prieto de Paula. En total son treinta artículos de los
que hoy publicamos los siete primeros.
Platónicos
Ángel
L. Prieto de Paula
Había
empezado a mecerme en los versos de Fray Luis ante un centenar de jóvenes,
desgranando una oda que da cuenta del otoño, ese tiempo que, dice
el maestro, nos convida a los estudios nobles. Mis ojos saltaban
desde un vértice a otro del triángulo en que se encierra la
geometría de una clase: el libro en que leía, el rostro del alumno
que uno escoge para dirigirse a todos a través de él, la ventana.
En ello estaba cuando comencé a notar que, por los entresijos de
mis palabras, se colaba un runrún que venía, impreciso, del
exterior. Impreciso sólo por la distancia, pues la apagada sucesión
de risas y silencios parecía obedecer a ensayo previo. Concluida la
lección, bajé a los jardines del campus, tras la pista de los
ruidos que me habían perturbado, hasta dar con una falange de
estudiantes sentados en el césped, como en una pradera de Patinir.
Escuchaban absortos a una pareja de cuentacuentos que les narraban,
entre mimos y contorsiones, una historia respaldada con risas
intermitentes y aplausos a compás. Luego volvía el silencio. Quedé
de pie, asombrado, mientras miraba a los arrobados. Apenas volví en
mí, sentí como si estuviera encorbatado en una playa de nudistas.
Me hubiera gustado ejercer un buen rato de fisgón, y hasta dudé si
permanecer apostado allí, como un delator, o sentarme para resultar
inadvertido, como un cómplice.
Así
que decidí huir, como si no huyera, de ese remedo del jardín de
Academos donde filosofaban los platónicos. No sé bien por qué,
pero quedé postrado al ver a los postrados; acaso tanto como Maeztu
cuando entró, vísperas del 98, en las salas de la Biblioteca
Nacional y únicamente vio allí a un anciano, tomando notas de un
libro de cocina de Ángel Muro.
Perdedores
Ángel
L. Prieto de Paula
Hace
cuatro siglos, un recaudador de impuestos entregaba a la imprenta la
novela con la que quemaba su último cartucho, tras una larga
carrera de fracasos. Al calor de los aplausos que esa vez sí
obtuvo, el escritor reverdeció, y sacó de los baúles relatos,
comedias y entremeses que lo redimirían de su vida vulgar y ya casi
cumplida. Otro escritor, que no se llamaba como él pero tenía un
talento similar al suyo, murió desconocido un año antes de que
apareciera el Quijote; antes también de que hubiera dado fin a la obra en la que
había vaciado su vejez. Hace sólo treinta años, Torrente
Ballester dictaba al magnetófono, tumbado en la cama de su hotel,
un fragmento de los Cuadernos de un vate vago, mientras su mente empezaba a barruntar
los síntomas todavía inespecíficos de la angina de pecho. En esa
época Torrente, que tenía los años de Cervantes cuando remataba
el primer Quijote, rumiaba
su desaliento en la ciudad estadounidense donde ejercía como
profesor, y pensó en tirar la toalla. Era un autor poco conocido,
que estaba ultimando La saga/fuga de J.B. y aún no había sido descubierto por la
televisión. Torrente no murió por entonces, y pudo disfrutar de
una ancianidad plagada de agasajos.
La historia de la
literatura está empedrada de múltiples Cervantes que nunca
escribieron el Quijote, o que no vivieron lo suficiente como para publicarlo. Esos
seres incógnitos forman el mantillo en que florece la obra maestra,
que se nutre de la savia de todos los perdedores que en el mundo han
sido. Por eso las cumbres rezuman, por el centro de su auréola,
unas gotas del fracaso de que están saturadas.
Otoñal
Ángel
L. Prieto de Paula
Hablamos
del otoño, pero hay más de uno. Primero sobreviene la declinación
del estío, cuando las moras encuentran su sazón y en las playas
semisolitarias se desdibujan las huellas de las promesas
incumplidas. Tras los esplendores ajados de septiembre, el viento
comienza a despojar a los árboles de sus hojas y el suelo se
despierta una mañana mullido de oros. A veces el otoño se oculta,
pero a la menor ocasión su punzada melancólica se alarga hasta los
lomazos pertinazmente secos y a las tierras leprosas. Es cierto que
hay algún oasis sin estaciones, creado por el capricho y el agua,
que está esmaltado de flores todo el año y sólo cede a la miel
del otoño allí donde hay árboles de hoja caduca. Con noviembre
llegan las mañanas frías y las tardes menguadas. Cuando el
invierno asoma su hocico, vuelven a caer las hojas, esta vez en
forma de ilusiones truncadas. Las muchachas en flor y los muchachos
en agraz que, a comienzos de octubre, estrenaban libros y pergeñaban
proyectos, han aprendido que el curso con el que soñaban fue el
pasado, o acaso sea el próximo. Por ahora comienzan a abarquillarse
sus cuadernos y a crecerles bigotes y quevedos a los rostros de
Isabel la Católica o Viriato. Frente a un profesor desencantado,
estos guerreros con apellidos y nombre (en este orden: así
constan en las listas de 2º B) naufragan dolorosamente en una playa
de mesas tatuadas con dibujos obscenos. Al otro lado de la ventana
está un a veces jardín y otras campo de fútbol, reproducción
miniada de un campo de verdad, que se dispone a recoger las hojas caídas
de la primera evaluación.
Apócrifos
Ángel
L. Prieto de Paula
Mi
pueblo no es Colonia, en cuya catedral se guardan las reliquias,
dicen, de los Magos de Oriente. Pero en una igliesuca de mi lugar
están los huesos, también dicen, de los pastores que adoraron al
niño Jesús. En el siglo III, los restos de Isacio, Josefo y Jacobo
—tres eran tres, como las hijas de Elena— fueron inhumados por
la santa de ese nombre en Belén, y vivieron un baile azaroso
durante la Alta Edad Media hasta que un caballero cristiano del
siglo X, con la intención de preservarlos de las contiendas
religiosas, los llevó a su pueblo y el mío. Hace veintitantos años,
los arqueólogos hallaron la arqueta que los contiene, desaparecida
desde el XIX. Aún recuerdo las sonrisas socarronas de mis paisanos
positivistas, alguno de ellos con bachillerato superior.
Supongamos que los
positivistas de mi pueblo tuvieran razón. Entonces se trataría de
huesos “apócrifos”, como los evangelios que dan cuenta de los
nombres de Joaquín y Ana, padres de la Virgen; del buey y el asno
de la cueva belenita; de los nombres de los Magos, su número y
hasta su condición de reyes..., creencias todas ellas que no
constan en los evangelios canónicos. Aunque apócrifos,
esos restos seguirían siendo antiquísimos, y por ello venerables.
Es probable, además, que la falsificación sólo pretendiera
excitar la religiosidad popular. Si quienes pagaron la traición de
Judas lo hubieran hecho con monedas falsas (Judas tampoco se merecía
más, habrían pensado), ¿quién las consideraría hoy falsas si
por rara casualidad las encontrase? Hay falsificaciones “auténticas”,
y falsificaciones de falsificaciones. ¿Cuánto tiempo ha de correr
el agua sobre una mentira para que ésta resulte lavada? ¿Depura el
tiempo las mixtificaciones? Si así fuera, quizás podríamos un
lejano día recuperar nuestra antigua condición adánica.
Convención
Ángel
L. Prieto de Paula
Cuando uno es joven,
las personas mayores son las que están definitivamente instaladas
en su ser, ajenas a cualquier proyecto que les obligue a salirse del
camino por donde marchan. A los veintipocos años estaba batiéndome
el cobre con jóvenes más jóvenes que yo, que me escuchaban,
algunas veces en silencio, mientras yo peroraba sobre Unamuno. Un día
pregunté a esos adolescentes cuál era, a su juicio, la condición
esencial de la juventud, y me contestaron que la desobediencia a las
convenciones sociales. Yo, que miraba de reojo a cuantas seguridades
me salían al paso, observé que todos esos muchachos y muchachas
llevaban vaqueros y zapatillas deportivas; de modo que ellos también
vestían uniforme, sólo que distinto al de los adultos. Por
entonces los adultos empezaban a imitar con timidez los usos de los
chavales, como quien va a la penúltima, un paso más atrás que los
imitados. De pronto los años, que antes discurrían perezosos,
comenzaron a atropellarse. Alguna vez coincidí con gentes que habían
vivido conmigo los tiempos de la juventud. Los cabecillas de
nuestras insurgencias habían restringido mucho sus ambiciones. A
alguno, incluso, me costó reconocerlo. Primero había querido
cambiar el mundo (aunque en su fuero interno anhelaba incendiarlo),
más tarde se hubiera conformado con una revolución en su país, y
al cabo pude contemplarlo echando los restos, como el que ha
retornado desde Troya a Ítaca, en lo que parecía su último pero
irrenunciable empeño: mudar de sitio los muebles del comedor, o
habituarse a una dieta pobre en grasas. Los otros, los que ni
siquiera habían voceado pareados en las algaradas antifranquistas,
habían tenido que replegarse menos, y obedecían obesos y sumisos
al orden doméstico instaurado por el azar o por su cónyuge.
Ítaca
Ángel
L. Prieto de Paula
La
historia de la Humanidad presenta aventuras de dos tipos: la de los
que van a algún lugar, y la de los que tornan de ningún sitio. Los
héroes del retorno son menos héroes que los que tienen una tarea
por hacer. El malogrado poeta Aníbal Núñez nos contestaba cuando
le preguntábamos cómo le marchaban las cosas: “Pues ya ves, voy
viniendo”. Iba viniendo, hasta que llegó al punto de su origen.
Odiseo, o Ulises, también iba viniendo a esa Ítaca en la que
quienes estamos ya de vuelta situamos el paraíso. Era un vencedor
de la guerra de Troya, pero en la Odisea
sólo lo vemos arrostrar dificultades para llegar a la isla de la
que había partido. En el último rincón de cualquier hombre se
esconde el deseo de regresar a su madriguera. La mesa de camilla, el
calor conyugal y el perro de familia forman un mito más poderoso
que la muerte. El único que reconoció a Ulises fue Argos, el perro
que después de veinte años de ausencia apenas pudo hacer otra cosa
que menear el rabo antes de morir de alegría o, vaya usted a saber,
de tristeza. “Mi nombre es Nadie”, había dicho Ulises al cíclope
con la intención de engañarlo. Quizás no sospechó que estaba
diciendo una verdad futura. Ulises fue quedándose vacío a medida
que sus amigos sucumbían en la cueva de Polifemo, en los arrecifes
de todos los naufragios, encarnados en los cuerpos gloriosos de los
cerdos de Circe. Cuando al fin tocó las costas de Ítaca donde lo
esperaba Penélope, su isla era ya un cementerio de proyectos y
Ulises se había convertido en Nadie. Desaparecidos los compañeros
que conformaban su territorio, a él le había correspondido la
desgracia de ser un superviviente.
Asepsia
Ángel
L. Prieto de Paula
Lo
han dicho nuestros clásicos: la misma dama que se refocila viendo cómo
pinchan, sangran, horadan en sus carnes y matan finalmente a un toro
en las fiestas patronales de cualquiera de nuestros pueblos, chilla
si ve a un ratón escaparse a plena carrera por entre sus piececitos.
¿Existe el progreso del espíritu? Tal vez, como afirmó Heidegger,
el hombre ha inventado mucho y ha pensado poco. O, si se quiere, no
ha tenido tiempo para metabolizar sus descubrimientos. En un sueño
retrofuturista, vi a un troglodita sacudiendo las manos que acababa
de alzar hasta la boca, para que se desprendieran los trozos de
carne sanguinolenta que llevaba aún entre las uñas, porque se
disponía a pulsar las teclas de su ordenador. ¿O fue porque
trataba de poner música en un pianoforte a los lamentos de su
sensibilidad herida? Ya no lo recuerdo bien. La metáfora de nuestro
mundo es una gran carnicería: “he visto chotos cabras vacas
durante su degüello”, reza el poeta Félix Grande, y “bajo el
aguacero del cuello una orza se va llenando de sangre”, remata.
Luego se mezclan en una coctelera aséptica los ojos y las tráqueas
de los animales sacrificados, las vísceras, la lengua, las fibras
de sus músculos. La metáfora, tan cruda, de ese mundo requiere una
sublimación. La sublimación de la cultura.
Cuando un niño
rubicundo y de mirada azul come un trozo de mortadela, no acertará
a distinguir la materia que la constituye. Sólo una imaginación
pervertida sospecharía que en ese alimento casi de celofán se
esconden, como fósiles de un sustrato geológico que se resiste a
desaparecer, las burbujas de sangre que gorgotea al caer en el cubo,
los pedazos de carne informe amasándose en la artesa, y hasta el último
estertor agónico y aterrorizado.
Isidro
Cicero Gómez es un antiguo compañero de colegio a quien, por
desgracia, hacía 38 años
que le había perdido la pista. Era, con mucho, el que mejor escribía
de todos los que, de una forma o de otra, hacíamos pinitos en el aún
inexplorado terreno de la literatura. Lo cual no despertaba la
envidia entre nosotros, sino la admiración, una admiración que
prosigue en este mes de mayo del 2003, en el que yo tengo la suerte
de poder ofrecerles, como lectores de Paisajes Literarios, no
ya una confirmación de estos urgentes elogios y ponderaciones, sino
una pequeña obra maestra. Ella les hablará por sí misma.
Sapos
con alas es el primer capítulo de Vindio,
la historia de Cantabria contada a los niños, que en 1980
recibió el Premio Ateneo de Santander al libro más importante del
año y que ahora está en proceso de reelaboración. Mariano
Estrada.
Ver curriculum del autor al final del capítulo.
UNO
Sapos
con alas
¡Sapo
saludo, sapo saludo, sapo saludo...!
Ya
pronto iba a hacerse de noche, aunque todavía había luz. Era esa
frontera del crepúsculo en que nosotros corríamos persiguiendo a
losmurciélagos cuando
doblaban las esquinas de las callejas. Teníamos esa costumbre.
Cuando venía uno gritábamos “¡sapo saludo va¡”. No sabíamos
por qué lo decíamos,ni
lo que queríamos decir. Yo me había imaginado que los murciélagos
sólo salen por las noches porque no soportan el sol. Y porque andan
por la vida sin plumas desnudos como sapos. Y que si van de esquina
en esquina es para ver - bueno, para ver no, porque no tienen ojos-si encuentran alas de gorriones o mismamente de mariposas
para cubrirse con ellas. Yo creía que saludaban a las paredes de
las casas por saludar a quienes están dentro de ellas. Y - pensaba
yo por entonces-es por
todo esopor lo que la gente los llamasapos y saludos.
Pero
estaba confundido. Mientras los perseguíamos con los largos
valegones de avellano,nosotros
no nos preguntábamos por qué los llamábamos así.Nosotros por entonces decíamos las palabras, las silbábamos
o las cantábamos, como las habíamos oído decir, silbar o cantar
siempre. Nunca nos parábamos a pensar en lo que significaban las
cosas que decían ni en lo que había escondido debajo de ellas. Y
es que a lo mejor las cosas no significaban nada, ni tenían nada
escondido debajo, aunque yo siempre he pensado que sí.
Yo,
por ejemplo, tardé mucho en caer en quelos murciélagos no tenían nada que ver con el verbo
saludar. En realidad fue un niño de nuestro pueblo, pero mucho más
antiguo que nosotros, sería ahora bisabuelo de alguno de mi edad,el que les puso el nombre de sapos con alas, o sapos aludos.Resulta que cuando decía murciélago, se le trababa la
lengua y todos se reían de él.
-Di murciélago - le silabeaban los padres, los maestros,los mismos niños en la calle, éstos para comprobar que
todavía no había aprendido.
-Murciégalo, murciánago, marcíncalo, murciólogo...No acertaba. Lo intentaba una vez, dos, lo repetía en
secreto. Ya parecía que le iba a salir bien y que ya no tendría
que volver a ponerse colorado, y otra vez a las andadas: “Murcínculo”.
Hasta que decidió cortar por lo sano.“No pienso torturarme más por culpa de estos sapos con
alas”.
Y
así quedaron bautizados desde entonces en mi pueblo los sapos
aludos. Y así llegó el nombre hasta nosotros que lo repetíamos
sin saber por qué. Eso sí, colocando una ese donde no era para
acabar de complicar la adivinanza.
Piedra
redonda
Dije
“me voy” y eché a correr camino adelante hacia mi casa que está
como a dos kilómetros del pueblo. Llegaba tarde. Era verano, porque
el camino estaba lleno de hierbas secas que brillaban como agujas de
oro a la luz de la luna. Las hierbas se habían caído de los
pesados carros de los segadores. En el verano, cuando se siegan los
prados y se recoge la hierba, todo el día están pasando carros
para arriba y para abajo. Para arriba vacíos, para abajo muy
cargados con las pobres vacas uncidas y sudando invisibles bajo una
tonelada de heno fragante. En la fuente de la Miruella cantaba la
rana de toda la vida. Los sapos normales croaban en la charca. La
punta del valegón que yo llevaba arrastrando dejaba marcado en el
suelo del camino un itinerariode haches minúsculas enlazadas, que al amanecer serviría de
sendero para que las hormigas iniciaran un rumbo no programado.
Yo
iba silbando y pensando. Acababa de aprender a silbar e intentaba
que me saliera la música de una canción.
A
la entrada de mi pueblo
Hay
una piedra redonda
Donde
se sientan los mozos
Después
de cantar la ronda.
Y
entonces pensaba en aquella piedra redonda a la orilla del camino,
medio a la vista, medio enterrada. ¿Quién la habrá puesto ahí?¿Y cuándo? ¿Y para qué? ¡Uf, no se sabe¡ No lo sabe
nadie. Ni los viejos lo saben. El tío Quico, que es el más viejo
de los viejos dijo una vez que está ahí “desde siempre jamás”.
Eso debe significar más de dos siglos por lo menos. Igual quince o
veinte. O más.
-Es la piedra de la juventud, - me dijo el anciano.
Le
pregunté por qué.
-Cuando yo era mozo nos reuníamos aquí para ir a las romerías
de los otros pueblos, cuando íbamos a enramar los balcones por San
Juanuco o por San Juanón. O cuando nos llevaban al ejército. Y
sobre todo, cuando a los niños ya crecidos nos admitían los mozos
en sus cuadrillas. Así era en mi época, en la época de mis
antepasados, y mirando para atrás, hasta que hay memoria en este
valle.
¿Quién
estaría antes aquí, la piedra redonda o Peña Labra?¿La peña redonda o Peña Sagra? ¿La piedra redonda o el río?
Y ¿por qué Peña Labra y Peña Sagra y el río Bullón tienen
nombres propios – esos nombres misteriosos vetustos, sugestivos -
y la piedra redonda no?
O
sea que yo silbaba, pero también pensaba. Y de pronto, me encontré
que sobre la piedra redonda había alguien.La luna iluminaba la silueta de una niña , de mi edad sobre
poco más o menos, de sonrisa forastera, de pelo rubio y de ojos
verdes como los tréboles de abril.
-Hola, me saludó.
Tenía
unavoz preciosa, que
sonaba así como a mucha alegría. ¿Quién sería? ¿De dónde habría
salido? Pensé que a lo mejor iba a casa de alguien del pueblo y no
sabía el camino. ¡A lo mejor, la casa a la que iba era la mía,
ojalá Dios, amén!
-¿Estás perdida?, -le dije mientras me quedaba mirándola
embobado.
-No, qué va.
-¿De dónde eres?
Los
ojos se me debieron de poner redondos como platos cuando me respondió:
“De aquí. Soy de aquí”. Su sonrisa era cada vez más grande,
su cara cada vez más bonita. Y cuanta más incredulidad ponía yo
en mi mirada más le brillaban a ella los ojos luminosos como
estrellas.
-
De aquí, imposible. Me estás tomando el pelo. Yo sí soy de aquí.
Y conozco a toda la gente. Y a ti no te he visto nunca.
-Yo a ti sí te he visto muchas veces. Pasas corriendo siempre
por delante de la piedra redonda porque siempre llegas tarde a casa.
Te gusta perseguir sapos aludos por entre las callejas al anochecer.
Y tienes curiosidad por saber si hay cosas que se esconden detrás
de las cosas. Fíjate si te he conozco que hasta sélas preguntas que nunca has pronunciado.
-Dime una.
-Te digo varias. Te has preguntado ahora mismo quién habrá
puesto aquí esta piedra redonda y qué se esconde en ella.
-Es
verdad.
-Y
por qué en este pueblo llamáis sapos aludos a los murciélagos.
-Verdad.
Fue
entonces cuando me contó la historia de aquel niño de otros
tiempos que bautizó de manera diferente a los murciélagos.
-Y
una noche soñaste que la gente te llamaba Vindio.
-¡Es verdad! O sea que eres una bruja...
Enseguida
me di cuenta de que acababa de decir una tontería. Porque una bruja
era imposible que tuviera aquella caruca de manzana. Una bruja
hermosa y buena es una anjana. O sea, que eres una anjana, acerté a
decir.
-Anjana
soy. Amiga soy de la gente de aquí. Ayudar me gusta a la gente de
aquí....
Me
di cuenta de que de repente se ponía a hablar como hablan los
personajes que aparecen en los libros antiguos. Noté el orden
arcaico de las palabras y el hipérbaton - según aprendí más
tarde – para destacar lo principal de lo que quieren decir.
¿Y
qué era lo más importante de todo lo que quería decirme aquella
niña que parecía un sueño? “Soy una anjana. Quiero ser tu
amiga. Estoy aquí para ayudarte”.
Aquel
atardecer en el que conocí a la Anjana, iba a ser uno de los
momentos más importantes de mi vida, porque de pronto averigüé qué
era en realidad la piedra redonda en la que la Anjana estaba sentada
y frente a la cual me había planteado yo tantas preguntas.“Tiene un tesoro escondido”, me dijo la Anjana.
-¿Un tesoro de cuando los moros?, - pregunté ansioso.
-No, pero si le das la vuelta y la haces girar, encontrarás
un tesoro mucho más valioso que todos los tesoros que dejaron los
moros enterrados por estas cuevas. Sabrás todos los nombres y todas
las cosas. Conocerás generaciones de antepasados tuyos que vivieron
aquí. Sabrás lo que les pasó, de donde vinieron, con quiénes se
pelearon y con quienes se unieron...
-¿Y cómo hago yo para darle la vuelta a la piedra redonda?
¿Y quién sería capaz de hacerla girar?
-Ahora verás, ahora verás...
Un
bosque de enanos
Abrió
su zurrón y sacó de su interior una especie de pandereta sin
sonajas. En los bordes de la pandereta, brillaban gusanos de luz.
Las luciérnagas se movían mientras la Anjana golpeaba con un ritmo
nunca oído la piel amarilla del pandero, redondo como la luna
llena, y miraba sonriente hacia la ladera de las Ánimas. Me cogió
la mano y me transmitió su tranquilidad de seda.
De
repente vi bajar ladera abajo una inmensa procesión de enanucos,
vestidos de distintos colores. Parecía como si se hubiera levantado
un viento invisible que arrastrara por la cuesta hojas de todo tipo
de árboles reales o imaginarios. Los más grandes no abultaban ni
como un puño de los míos. Había enanos verdes, amarillos, rojos,
azules, morados. Tenían las cabezucas cubiertas con hojas de roble,
o de haya. Los cuerpos vestidos con cazadoras de musgo. Algunos vestían
túnicas confeccionadas con helechos secos. Calzaban botas
primorosas de corteza de haya.
Saludaron
a la Anjana. Muchos de ellos la besaron. La Anjana les dijo que yo
era el chico del que habían hablado. Vindio, el niño interesado
por la historia de los pueblos, de todos los pueblos, en particular
por la del pueblo cántabro.
Los
enanos me saludaron alegres. Daban vueltas alrededor de mi, me
cantaban a coro, hacían piruetas en el aire, tocaban los bígaros
que llevaban colgados al cinto, todos a la vez, haciendo una melodía
maravillosa. Me puse a contar enanos y no se acababa nunca. Había
miles de enanos bailando por todo el camino abajo, por todo el
camino arriba, ocupando la campera, trepando los troncos de los árboles.
Se
acercó a la Anjana uno vestido de musgos rojos, con capucha de
acebo, se colocó alrededor del cuello el collar de luciérnagas de
la Anjana, me pidió que le sujetara el valegón con el que yo había
venido haciendo haches minúsculas entrelazadas por el camino, y
trepó ágilmente hasta la punta del largo palo de avellano de
atrapar murciélagos. Cuando estuvo en la punta, los enanucos
dejaron de bailar y de hablar entre ellos. Para enanos tan enanos,
subirse hasta aquella altura debía de ser una cosa de mucho
peligro. Es como para un mozo de mi pueblo escalar la maya de la
fiesta mayor.
-Enanos de los bosques de Cantabria –empezó. Compañeros
trentis, amigos tentirujos, admirables anjanas invisibles, sonoros bígaros,
luminosos gusanos de luz, temidos ojáncanos, legendarios trasgos,
habitantes todos de los bosques...
Al
mirar hacia arriba, hacia donde estaba encaramado el enano vestido
de musgos rojos concapucha
de acebo, mis ojos se toparon sencillamente con el círculo blanco.
La sincera luz nueva recién llegada. La luna llena grande y hermosa
que, de repente, se había empeñado en hacerse real.
El
enanuco seguía su discurso:
-Como todo el mundo sabe, somos los encargados de guardar los
tesoros escondidos en los montes y en los valles. Cada mil años,
nos reunimos en un monte distinto, donde celebramos un congreso parahacer un balance de ese milenio.Nuestro mundo es el bosque. Si el bosque muere, yo ya no
existo. Eso es cosa sabida. El bosque es nuestra vida y el cofre que
guarda el tesoro de la vida de todos, pero desde el último
congreso, ¿cuánto bosque hemos perdido?
Dejé
de mirar a la luna y paseé mis ojos por los ojos verdes de la
Anjana que parecían un prado sin segar.
-¡Suenan las alarmas sobre el bosque de Cantabria y sobre el
de toda la tierra¡ Nos lo avisan desde sus piedras redondas los
enanos de todos los continentes. Hace mil años esta tierra que
ahora se llama Cantabria era un bosque tupido, pero se está
quedando sin robles y sin abedules...
Un
enorme lamento acogió estas palabras.
-Y sin fresnos – siguió el enano encaramado al valegón,
mientras los del suelo se quejaban, como si estuvieran rezando una
letanía de moribundos.
-Y sin alisas.
-Ay, ay, ay – sollozaban.
-Y sin tejos.
-¡Ay¡
-Y sin encinas.
-Ay, ay.
-Y sin hayas.
-Maldita sea – gritó un enano a mis pies.
-Y sin castaños, y sin nogales, y sin olmos...
Tomó
la palabra la Anjana y dijo: “Unos hombres me cortaron el espino
albar”.
Un
espeso silencio acogió estas palabras. Todos los enanos rojos,
amarillos, azules, morados, miraron hacia la Anjana con mucha pena,
como si hubieran escuchado el mayor de los crímenes.
-¿El espino albar?
No
podían creerlo. Parecía que el trébol de los ojos de la Anjana
alguien lo hubiera segado de repente y se hubiera secado al sol. Me
explicó que todas las hadas, anjanas o de cualquier otra clase,
tienen sus viviendas bajo los espinos albares. Si vas por el monte y
ves que a un espino le han salido flores blancas es señal de que
está habitado por un hada. Tiene anjana, tiene hada, decimos en mi
pueblo cuando vemos en febrero y marzo las flores blancas de cuatro
pétalos. ¡Cortar el espino albar¡ ¡Que crimen¡ Es como privar a
las hadas de sus casas. Además, me he enterado luego, cortar los
espinos que tienen hada siempre trae desgracias en los bosques,
siempre hace daño a sus habitantes. Quizá os extrañe, pero esto
es algo que todavía no saben bien los humanos.
Había
pasado mucho tiempo desde que la Anjana convocó a los enanos con su
pandereta de luna bordeada de luciérnagas para que me mostraran el
secreto de la piedra redonda.
Y
había llegado el momento. “La piedra redonda es un disco de
piedra en el que está todo grabado. Ya verás”.
Miles
de enanos se acercaron a la piedra y, con una fuerza increíble, la
levantaron en vilo. El enano de musgos rojos hizo una señal y la
piedra empezó a girar y a girar, veloz, sobre los enanos que la movían
mientras danzaban. Otro enano vestido de líquenes plateados llevaba
en la mano una rama de acebo con la que tocaba distintas partes de
la piedra yhacía
salir de ella sonidos y canciones, galopes de caballos, trompetas,
cuernos de cacerías, gritos de dolor y de mucho miedo, golpetazos
del mar sobre las rocas y voces de pescadores, disparos de fusil y
entrechocarse de hierros. Cantares de segadores,sonidos de carreta y pitidos de la máquina del tren.
Tocaba
el enano una parte de la piedra y aparecía, por ejemplo, la cueva
de Altamira. Tocaba otro punto y aparecía el castillo de Castro
Urdiales. Otro, y salía Beato de Liébana escribiendo.Otro, y aparecía a caballo un señor que se presentó como
Juan Díez Porlier, el Marquesito.
Yo
estaba embobado. En mi pueblo, nadie había visto jamás algo
parecido.
-¿Esta piedra es el disco de la música de la historia? –
pregunté por preguntar algo.
-De la música, de la letray del grito – me contestó el enanuco
-¿Y la imagen?
-La imagen también
Mucho
hemos aprendido los niños de mi pueblo alrededor de la piedra
redonda en la que, -quién nos lo iba a decir antes de aquella tarde
– estaba grabado más de lo que nuestra curiosidad y nuestras
ansias de saber podían preguntarse. La piedra redonda que la Anjana
y los enanucos nos enseñaron a utilizar; don Pedro, el maestro de
mi escuela, que es un sabio; mis padres y mis abuelos que a sabios
no hay quién les gane y, sobre todo,los libros de la biblioteca de nuestra escuela, nos enseñaron
todas estas cosas sobre la historia de Cantabria que a continuación
os voy a relatar.
Isidro
Cicero
Isidro
Cicero, periodista y escritor.Licenciado en Sociología.Nació el 1 de septiembre de 1947 en Valdeprado
(Liébana). Cantabria. Escritor.
Es autor de los siguientes libros:
“Los que se echaron al monte”, 1977 1ª edición y nueve
ediciones posteriores. “El
Cariñoso” (tres ediciones, 1978, 1983, 2000); “VINDIO,
la historia de Cantabria contada a los niños (dos tomos) 1979,
1980. De este libro, agotado desde 1973, está anunciada una nueva
edición. Esta obra recibió el premio del Ateneo de Santander el año
de su publicación. “Liébana
de punta a cabo, guía del viajero”,
1982
“Santander
de punta a cabo, guía del viajero” (1981) “El
Estatuto de Cantabria para los niños”,
1981, en colaboración con el dibujante José Ramón Sánchez.
En
1999 regresó al tema del Estatuto para los niños como autor de los
textos del CD ROM que Cibermedios realizó para el Parlamento de
Cantabria.
“Enciclopedia
Infantil de Cantabria”,
1986 -1987, publicado en fascículos a color en el dominical de
ALERTA, El Cantábrico, con fotos de Pablo Hojas y dibujos de
Jesús Hoyos yAndy. “Ocio y vida
cotidiana de la juventud trabajadora”, en
colaboración con el Grupo EDIS, Madrid. “El
laberinto cántabro”, 1991, en colaboración con el también
periodista y escritor Víctor Gijón. “Cuentos
populares de Cantabria” 1984.
Además
es autor de obras teatrales y poesía.
Editor.-
Publicó algunos de sus libros en la editorial Corocotta,
fundada por el propio Isidro Cicero en 1978, en la que, entre otras
obras, editó (1981) “Dolor de tierra verde”, obra de
Manuel Llano (1938) a partir del manuscrito original que conservaba
Gerardo Diego y que el poeta cedió a Cicero para la ocasión.
Por
encargo de Ayuntamiento de Santander coordinó también la edición
del “Retablo Infantil” de Llano, con dibujos del pintor Pérez
Castaño. Fue uno de los promotores del homenaje regional a Manuel
Llano en 1980 con motivo de su centenario y del traslado de sus
restos al panteón de cántabros ilustres, siendo portavoz en
aquella ocasión del mundo de la cultura de Cantabria, pronunciando
el discurso a tal efecto en Ciriego.
Periodista.-Fue redactor del diario Alerta desde 1984 a 1991, creando
entre otras la sección dominical Cantabria de punta a cabo.
En el rotativo cántabro ostentó los cargos de jefe de Región,
director de El Cantábrico, coordinadorde suplementos y, por último, redactor jefe. Destacó como
reportero. Desde 1991 su labor periodística se ha centrado en el ámbito
de la comunicación política, primero desde el Gobierno de Gestión,
1991;después, en el
Ayuntamiento de Laredo, y finalmente en el Parlamento de Cantabria.
Otros.-
Fue presidente de la Fundación Pablo Iglesias en Cantabria, del
Movimiento por la Paz, el Desarme y la Libertad y de ARCUS, una
asociación que se creó con el objetivo de apoyar la repatriación
de los Niños de la Guerra.
Si protegemos los entornos naturales, si protegemos a nuestros
hijos, si protegemos incluso nuestro dinero ¿por qué no cuidamos
algo tan valioso como el idioma? Sólo deseo que este texto sirva
para despertar inquietudes
INTRODUCCIÓN
En
1997 salió al mercado editorial una obra que en pocos meses parece
haberse convertido en un auténtico best-seller. He
recomendado personalmente su lectura entre conocidos y amigos, pues
El Dardo en la Palabra (1) constituye una obra de
referencia útil para quienes utilizan el idioma en su trabajo, o
simplemente para quienes encuentran la necesidad de tomar el pulso
al español actual: estudiantes, periodistas, docentes, políticos,
profesionales de la publicidad, etc. No obstante, junto a la
recomendación de su lectura siempre he añadido el consejo de
hacerla críticamente, pues esta obra está, al mismo tiempo, llena
de aciertos contundentes y de errores mayúsculos.
El
Dardo en la Palabra es una colección de artículos periodísticos
del actual director de la Real Academia Española (2)
, Fernando Lázaro Carreter, acerca del español presente y de los
últimos años. De un libro que se ocupa del uso del idioma cabría
esperar rigor, exactitud, objetividad y, sobre todo, veracidad.
En
vez de esto, y no despreciando la importante contribución de esta
obra en la denuncia y corrección de crasos errores habitualmente
cometidos con el castellano, el lector se encuentra con una amalgama
heterogénea de temas sociolingüísticos en la que se mezclan el análisis
de la lengua -predominantemente el aspecto léxico-semántico-,
algunos datos sobre la evolución de nuestro idioma y
consideraciones mucho más subjetivas relativas al estilo del
lenguaje y el mal uso que hacen de él especialmente los medios de
comunicación. Los temas tratados en los más de 200 artículos no
son en sí mismos subjetivos, más bien la fórmula utilizada por el
autor. Afortunadamente no siempre ocurre de este modo, pero son
pocas las ocasiones en que su enfado ante la incompetencia lingüística
de los demás no le ciega y le impide llevar a cabo un juicio mucho
más sereno y acertado de los vicios y virtudes de nuestro español
contemporáneo. El resultado: una colección de artículos que
carece de la rectitud metodológica que debe caracterizar una obra
próxima al ensayo. Asombra leer, por ejemplo, que si algo carece
de sentido en loscomportamientos idiomáticos, es el
purismo; pretender que una lengua permanezca inmóvil supone tantocomo propugnar la parálisis de sus hablantes (3)
, después del fútil e inconsistente ataque al adjetivo peatonal
(4) , o después de hacer ascos a expresiones
del tipo Vota socialista (5) simplemente
porque no se han inventado en España. Contradicciones de este tipo
representan la punta de un iceberg de proporciones apreciables, lo
suficiente como para ser bien advertidas por el lector atento, lo
suficiente como para devaluar la calidad general de la obra y
hacerla naufragar con frecuencia.
Tras
leer algunos artículos, llama mucho la atención que tan hermosos
postulados se queden en la mera teoría, desde el momento en que con
pobres fundamentos se critican cambios léxicos convenientes que
anulan la credibilidad de esas afirmaciones de apariencia tan liberal.
O, aún peor, siempre que el autor incurre en los mismos errores que
tantas veces son criticados en otros hablantes, sin preocuparse
siquiera de mantener una postura coherente e inequívoca acerca de
diversos aspectos relacionados con el idioma. Admítase como
disculpa, desde luego, que este libro es fruto de la recopilación
de artículos publicados durante un extensísimo período de tiempo
(más de veinte años) y por ello no responde a una elaboración
global preparada ex profeso. Por el contrario, y como ya se
ha apuntado antes, en ocasiones a esta obra le falta unidad de
criterio, rigor metodológico y, a menudo, veracidad en las ideas
que presenta.
No
sería honesto, sin embargo, pasar por alto los acertados
comentarios que el señor Lázaro elabora acerca de tantos y tantos
aspectos del español actual. Realizar una crítica a su obra no
debe entrar en contradicción con la necesidad de valorar en su
justa medida muchos y oportunos análisis de las más diversas
cuestiones relacionadas con nuestro idioma. Es una completa
satisfacción, por ejemplo, leer su artículo dedicado al dequeísmo
(6) , en el que se explican las causas posibles de
esa tendencia tan generalizada entre los hablantes de castellano.
Porque para vicios lingüísticos como el dequeísmo difícilmente
pueden encontrarse excusas, ya que suponen un ataque directo al
corazón de la lengua, en este caso a su sintaxis. Igualmente exacto
y relevante es el capítulo dedicado al adjetivo histórico (7)
,palabra tan sobada por los medios de comunicación, tantas veces
usada sin fundamento por quienes pretenden colocar acontecimientos
de relativa importancia o relevancia pasajera en los más elevados
altares de la historia, sin ninguna razón que lo justifique excepto
la infantil exageración de quien demuestra carecer de perspectiva
histórica alguna. Sumamente interesante, también, el capítulo que
lleva por nombre "Alto el fuego"(8) ;
exacto, preciso, sin estridencias, sin histerias, correcto en su
planteamiento y exquisito en el tono empleado, este artículo es
casi una excepción entre tantos otros de muy diferente cariz. Una lástima,
porque con este tipo de crítica lingüística el lector descubre
los entresijos del idioma y se le estimula a adoptar actitudes críticas
ante determinados actos de habla. Excelente apreciación la que
sirve de comienzo para el artículo llamado "Más instrucciones
en español"(9) , donde se analizan las
implicaciones semánticas de los verbos transmitir y retransmitir
empleados en el ámbito de la radio y la televisión.
Extraordinario valor filológico posee también el artículo llamado
"¡Santiago, y cierra, España!"(10) ,
en el que el lector contemporáneo averigua el verdadero sentido que
dicha expresión posee en nuestra lengua y nuestra cultura de la
mano del valor enfático de la conjunción y del significado
desusado del verbo cerrar. ¡Cómo no agradecer verdaderas
gotas de fino humor entre un aluvión de acidez! Parodiando el
lenguaje oscuro y retorcido de muchos columnistas, en el artículo
llamado "Lenguaje transparente" el autor construye un
ingenioso paralelismo entre la narración de un partido de fútbol y
la descripción de una obra poética (11) .
Realmente precisas son las razones que aporta el autor al explicar
el uso tan frecuente de vocablos comodín del tipo usuario o tema
(12) , desenmascarando esa inercia mental que
caracteriza a tantos hablantes que les impide construir el mensaje
con un mínimo de riqueza expresiva y exactitud. No dardos, en fin,
sino lanzas envenenadas merecen tantas infracciones cometidas por
quienes usan el idioma sin una mínima preocupación por hacerlo
bien.
Con
Palabras Torcidas y Dardos sin Tino se pretende hacer una crítica
constructiva al fondo o a la forma de muchos artículos incluidos en
El Dardo en la Palabra, pero con ello no se persigue, ni por asomo,
justificar las aberraciones dichas o escritas por políticos,
publicistas o profesionales de los medios de comunicación, entre
otros. ¿Cómo podría justificarse lo que no admite justificación?
¿Cómo habría de digerirse que un profesional de los medios
confunda los verbos asestar y asentar, los adjetivos efímero
e infinito, los sustantivos inclemencia e injusticia,
los adverbios tácitamente y prácticamente? ¿Qué
pensar de un periodista que afirma que A Butragueño no le gusta
hablar de su vida intrínseca, o que en un pueblo vasco el párroco
ha decidido sacar en prerrogativa la imagen de su santo
patrono para pedir la lluvia?(13) .
Se
hace muy difícil albergar comprensión con quienes demuestran tanta
incompetencia; pero, cuidado, hablamos de incompetencia lingüística
exclusivamente, y la crítica va al profesional, no a la persona o
personalidad del incompetente. Por muy descomunal que sea la pifia
expresiva, el crítico de la lengua haría mal calificando la
calidad humana o la estatura mental de quienes andan tan despistados
con el idioma. No le corresponde esa tarea, ni interesa al estudio
de los usos lingüísticos; y, lejos de afianzar sus argumentos,
devalúa su autoridad haciéndola parecer despótica, y clasista.
Cuando el propio sistema del idioma nos ofrece tantas razones para tumbar
a quienes demuestran impreparación lingüística, ¿para qué
rebuscar razones que se alejan de la propia descripción de la
lengua y sus normas establecidas? ¿Qué sentido tiene coger el
cabreo padre y no poder pasarse sin destilarlo en público? El autor
extralimita su crítica, y ése es un alto precio que debe pagar, no
él –su salud lo agradece-, sino la calidad de su obra.
Denunciar
el destrozo del idioma que se hace a menudo en los medios es uno de
los asuntos recurrentes de El Dardo en la Palabra, y ese leitmotiv
debería continuar vigente después de la presente obra, a pesar
de que se critiquen los métodos empleados o los argumentos en los
que se fundamentan algunas discusiones relativas al castellano
actual. Basta con leer por encima dos o tres periódicos, escuchar
un par de horas la radio y sentarse delante de la televisión
durante un rato para asistir al amentable espectáculo que muchos
profesionales ofrecen cuando se ponen a redactar en castellano o a
improvisar delante de un micro. Especialmente fecundo en meteduras
de pata demuestra ser el mes de agosto, época del año en que
frecuentemente saltan a la palestra sustitutos con precipitado deseo
de demostrar su valía, y, claro, se meten en camisa de once varas
cuando persiguen la originalidad basada en extraños giros o
vocablos de apariencia sugestiva que llamen la atención. Por
mencionar sólo algunos ejemplos, el de una presentadora del pronóstico
del tiempo que calificaba un día de sol y calor del mes de agosto
como un día estándar de verano. No le debió de
parecer suficiente con un día típicamenteveraniego,
un día propio de la estación o un día enteramente
veraniego, y el resultado a la vista está.
Parecida
impropiedad demostraba el corresponsal en Italia de una cadena de
radio cuando en un informativo decía que a pesar de su estado de
salud el Papa no se plantea la dimisión, en vez de el
Papano se plantea la renuncia. No parece haber llegado aún
el tiempo en que los papas dimitan de su cargo, de lo contrario
deberíamos admitir también que Dios, su único superior, podría
cesarlos, con la misma naturalidad con que cesa Gil a sus efímeros
entrenadores. Otro informador -ahora de televisión, veterano de
muchos años y a pesar de ello poco desenvuelto con el idioma- se
refería a la ciudad holandesa de Tillburg, donde el Betis debía
jugar un partido de la Copa de la UEFA, calificándola con el
adjetivo industriosa. Evidentemente quería decir industrial,
pero ese adjetivo no debió de gustarle por vulgar o poco vistoso.
Un llamativo caso de desconcierto es el que protagonizó, a su vez,
un profesional de la radio en la siguiente situación: informaba
sobre la mala evolución del estado de salud del ex-piloto de
motociclismo Ricardo Tormo, e hizo alusión a la gran afluencia de
familiares y amigos a la habitación donde se hallaba hospedado
el enfermo. Hay que señalar, en desagravio del gremio
periodístico, que el locutor que se encontraba en el estudio
interrumpió a su propio compañero para hacerle rectificar
semejante disparate.
Corresponde
a una tendencia general entre muchos profesionales de los medios que
en determinados contextos se opte por la palabra más larga de entre
dos casi sinónimas. Es la razón por la cual, por ejemplo, tras una
catástrofe un país o una región vive momentos de confusionismo,
en vez de confusión, en un partido de fútbol un jugador
destacado juega con clarividencia, en vez de claridad,
un equipo demuestra peligrosidad, y no simplemente peligro,
ante la meta rival, un defensa comete una falta demostrando voluntariedad
de hacer daño, en vez de voluntad, o el lanzamiento de
una falta es la iniciación de una jugada de gol, en vez de
ser su inicio. Naturalmente, quien se lleva la tarjeta roja
al vestuario ha demostrado intencionalidad de lanzar al
contrario una patada por detrás, en vez de mera intención,
y siempre que un equipo avanza hacia la portería contraria lo hace por
mediación de alguno de sus jugadores, rara vez por medio de uno
de sus jugadores. La cuestión no siempre se reduce a entrar a
discutir si tal o cual palabra puede ser utilizada en determinado
contexto, sino al hecho lamentable de que siempre se utiliza la
misma con arreglo a esa preferencia casi exclusiva por el vocablo
grande y sonoro, lo cual representa una forma de empobrecer el
idioma casi en silencio.
Aún
de peor naturaleza y mayor menoscabo para el idioma son los errores
cometidos con la sintaxis de los mensajes. Si el vulgarismo alante,
según confiesa el propio autor, le apesadumbra el hígado hasta
laictericia (14) , a cualquier
hablante que ame el castellano sin tanta bilis quizá se le rompa el
corazón de pena ante ejemplos como los que siguen. Es frecuente
escuchar en radio o televisión un diálogo como éste:
-
Yo creo que no ha sido penalti.
-
[*] Yo creo que tampoco.
Evidentemente,
para expresar asentimiento a la primera frase diríamos Yo
tampoco lo creo. La segunda estructura sólo podría ajustarse a
la coherencia comunicativa en un diálogo como el que sigue:
-
Seguro que no me renuevan el contrato. ¿Y a ti?
-
Yo creo que tampoco.
Muy
habituales son también las estructuras subordinadas que comparten
el sujeto de la oración principal formuladas de esta manera tan
peculiar, y en las que el hablante en todo momento se está
refiriendo a sí mismo:
[??]
Espero que no tenga que presentarme ante el juez de nuevo.
Tan
complicada organización sintáctica se hace tersa y fluida en Espero
no tener que presentarmeante el juez de nuevo, como si
una plancha con vapor hubiera eliminado arrugas y ácaros de una
prenda deslucida que causa desazón.
Aplicarse
al examen cuidadoso del idioma en los medios es el cuento de nunca
acabar. Sólo incluiré en esta introducción dos últimos casos de
fiasco lingüístico que podrían engrosar el largo repertorio
coleccionado por el autor de los dardos, ya que tienen como protagonistas
dos ítems extensamente tratados en su obra: la locución
preposicional a pie de y el sustantivo colectivo. Así,
con motivo de la muerte del poeta gaditano Fernando Quiñones –de
Chiclana, más exactamente-, en un informativo de radio un reportero
dice entrevistar a pie de firma a un ciudadano que se
ha acercado a la capilla ardiente. Se refería, como el lector podrá
deducir de la situación, al hecho de que las personas que acudían
a decir el último adiós al poeta (perdonen el tópico) dejaban
constancia de su visita firmando en un libro, y que el entrevistado
fue abordado por el periodista justo antes o justo después de su
firma. Así que por tan singular arte de síntesis conceptual
la entrevista se llevó a cabo a pie de firma, lo que hace
suponer que, cuando menos, el libro de firmas fue situado sobre
peana o pedestal. De la misma cadena de radio era otro locutor que
informaba acerca de unas protestas estudiantiles en la Facultad de
Arquitectura de Sevilla. Con dichas protestas los estudiantes exigían
a los responsables más atención a los alumnos zurdos y a sus
particulares necesidades, como la instalación de mayor número de
sillas con palas al lado izquierdo. El periodista concluía su reseña
precisando que el colectivo de los zurdos superaba el
15% del total de alumnos matriculados en la Facultad. Bien está
llamar colectivo al grupo formado por individuos a los que
les une una relación ideológica, artística o laboral, pero
asombra escuchar que los zurdos forman un colectivo por el mero
hecho de ser zurdos. Debe de tratarse de un colectivo de formación
espontánea. A la vista de estos y tantos otros casos de
incompetencia, y a pesar de lo que la lingüística moderna
aconseja, con la obra presente no se censura la crítica idiomática
emprendida por el autor, sino la forma en que la realiza y el fondo
que sustenta muchos de sus argumentos. Con El Dardo en la Palabra se
plantea el debate de cómo se usa el español en la actualidad, y
plantearlo ya de por sí puede producir efectos positivos sobre el
idioma. Por otra parte, el lector podría pensar que al censurar los
métodos empleados por el autor en su obra se incurre en los mismos
errores que se critican. En otras palabras: que rechazar, entre
otras cosas, el enfoque prescriptivo y considerarlo inadecuado para
el correcto análisis lingüístico constituye a su vez una actitud
prescriptiva. Es un riesgo que desde aquí asumo y sospecho
inevitable al llevar a cabo una labor que creo justa y de provecho.
Muchos
de los errores cometidos en El Dardo en la Palabra son el resultado
de aproximaciones al estudio de la lengua de dudoso valor: la crítica
prescriptiva y la perspectiva diacrónica de la realidad idiomática.
Según la primera, el especialista de la lengua atribuye mayor
importancia a establecer la corrección o incorrección de los actos
de habla que a la simple descripción de éstos. Esa labor
prescriptiva, de aceptarse como válida, debe apoyarse siempre en la
cautela, el rigor y la veracidad. Con cautela el investigador evita
el análisis categórico o parcial, admitiendo otros puntos de vista
que podrían ser tan correctos como los que él adopta (15)
; con rigor y veracidad, el lingüista debe aportar argumentos sólidos
que apoyen sus ideas, sin falsear datos u ocultar información. Como
veremos en varios ejemplos a lo largo de la presente obra, estas
condiciones no siempre se dan en los artículos incluidos en el
libro que nos ocupa. Así las cosas, el método de trabajo utilizado
por el autor se demuestra muchas veces equivocado no ya tanto por el
simple hecho de ser prescriptivo sino porque no se respetan esas
condiciones mínimas sobre las que debería basarse cualquier forma
de análisis lingüístico: cautela, rigor y veracidad. En cuanto al
enfoque diacrónico,