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Cuatro meses después de la inauguración de Paisajes Literarios, ponemos en marcha esta sección que, desde ahora, queda abierta a la participación de los lectores. No habrá más filtros que los de la calidad y el respeto, siempre a juicio de un consejo de redacción Este Consejo de Redacción lo componen: Mariano Estrada, poeta, escritor y creador de Paisajes Literarios, Modesto Aranda, filólogo y escritor y Elisa Expósito, bióloga. que, dada su facultad de decidir, también podrá equivocarse.

 

Ángel L. Prieto de Paula. Doctor en Filología Española y profesor titular de Literatura en la Universidad de Alicante. Ha publicado libros de poesía (Ortigia y Compás del vacío) y ensayo (Contramáscaras), y traducido en verso una selección de la obra de Lucrecio (De la naturaleza). Ha preparado ediciones de Garcilaso de la Vega, Tomás de Iriarte, Antonio Gamoneda, Espronceda, José Luis Hidalgo, Antonio Martínez Sarrión, Claudio Rodríguez... Entre sus libros sobre poesía española, destacan La llama y la ceniza, La lira de Arión, Claudio Rodríguez: visión y contemplación, Musa del 68: claves de una generación poética, y De manantial sereno: estudios de lírica contemporánea. Ha preparado, además, diversas antologías sobre las promociones literarias de la postguerra, como 1939-1975: Antología de poesía española, y Poetas españoles de los cincuenta. Ha ejercido la crítica literaria en el ABC Cultural, y en la actualidad lo hace en el suplemento Babelia del diario El País 

ARTÍCULOS BREVES 

Paisajes Literarios ofrece a sus lectores una serie de artículos breves de Ángel L. Prieto de Paula. En total son treinta artículos de los que hoy publicamos los siete primeros.

Platónicos

Ángel L. Prieto de Paula

 Había empezado a mecerme en los versos de Fray Luis ante un centenar de jóvenes, desgranando una oda que da cuenta del otoño, ese tiempo que, dice el maestro, nos convida a los estudios nobles. Mis ojos saltaban desde un vértice a otro del triángulo en que se encierra la geometría de una clase: el libro en que leía, el rostro del alumno que uno escoge para dirigirse a todos a través de él, la ventana. En ello estaba cuando comencé a notar que, por los entresijos de mis palabras, se colaba un runrún que venía, impreciso, del exterior. Impreciso sólo por la distancia, pues la apagada sucesión de risas y silencios parecía obedecer a ensayo previo. Concluida la lección, bajé a los jardines del campus, tras la pista de los ruidos que me habían perturbado, hasta dar con una falange de estudiantes sentados en el césped, como en una pradera de Patinir. Escuchaban absortos a una pareja de cuentacuentos que les narraban, entre mimos y contorsiones, una historia respaldada con risas intermitentes y aplausos a compás. Luego volvía el silencio. Quedé de pie, asombrado, mientras miraba a los arrobados. Apenas volví en mí, sentí como si estuviera encorbatado en una playa de nudistas. Me hubiera gustado ejercer un buen rato de fisgón, y hasta dudé si permanecer apostado allí, como un delator, o sentarme para resultar inadvertido, como un cómplice.

Así que decidí huir, como si no huyera, de ese remedo del jardín de Academos donde filosofaban los platónicos. No sé bien por qué, pero quedé postrado al ver a los postrados; acaso tanto como Maeztu cuando entró, vísperas del 98, en las salas de la Biblioteca Nacional y únicamente vio allí a un anciano, tomando notas de un libro de cocina de Ángel Muro.

Perdedores

Ángel L. Prieto de Paula

 Hace cuatro siglos, un recaudador de impuestos entregaba a la imprenta la novela con la que quemaba su último cartucho, tras una larga carrera de fracasos. Al calor de los aplausos que esa vez sí obtuvo, el escritor reverdeció, y sacó de los baúles relatos, comedias y entremeses que lo redimirían de su vida vulgar y ya casi cumplida. Otro escritor, que no se llamaba como él pero tenía un talento similar al suyo, murió desconocido un año antes de que apareciera el Quijote; antes también de que hubiera dado fin a la obra en la que había vaciado su vejez. Hace sólo treinta años, Torrente Ballester dictaba al magnetófono, tumbado en la cama de su hotel, un fragmento de los Cuadernos de un vate vago, mientras su mente empezaba a barruntar los síntomas todavía inespecíficos de la angina de pecho. En esa época Torrente, que tenía los años de Cervantes cuando remataba el primer Quijote, rumiaba su desaliento en la ciudad estadounidense donde ejercía como profesor, y pensó en tirar la toalla. Era un autor poco conocido, que estaba ultimando La saga/fuga de J.B. y aún no había sido descubierto por la televisión. Torrente no murió por entonces, y pudo disfrutar de una ancianidad plagada de agasajos.

   La historia de la literatura está empedrada de múltiples Cervantes que nunca escribieron el Quijote, o que no vivieron lo suficiente como para publicarlo. Esos seres incógnitos forman el mantillo en que florece la obra maestra, que se nutre de la savia de todos los perdedores que en el mundo han sido. Por eso las cumbres rezuman, por el centro de su auréola, unas gotas del fracaso de que están saturadas.

Otoñal

Ángel L. Prieto de Paula

 Hablamos del otoño, pero hay más de uno. Primero sobreviene la declinación del estío, cuando las moras encuentran su sazón y en las playas semisolitarias se desdibujan las huellas de las promesas incumplidas. Tras los esplendores ajados de septiembre, el viento comienza a despojar a los árboles de sus hojas y el suelo se despierta una mañana mullido de oros. A veces el otoño se oculta, pero a la menor ocasión su punzada melancólica se alarga hasta los lomazos pertinazmente secos y a las tierras leprosas. Es cierto que hay algún oasis sin estaciones, creado por el capricho y el agua, que está esmaltado de flores todo el año y sólo cede a la miel del otoño allí donde hay árboles de hoja caduca. Con noviembre llegan las mañanas frías y las tardes menguadas. Cuando el invierno asoma su hocico, vuelven a caer las hojas, esta vez en forma de ilusiones truncadas. Las muchachas en flor y los muchachos en agraz que, a comienzos de octubre, estrenaban libros y pergeñaban proyectos, han aprendido que el curso con el que soñaban fue el pasado, o acaso sea el próximo. Por ahora comienzan a abarquillarse sus cuadernos y a crecerles bigotes y quevedos a los rostros de Isabel la Católica o Viriato. Frente a un profesor desencantado, estos gue­rreros con apellidos y nombre (en este orden: así constan en las listas de 2º B) naufragan dolorosamente en una playa de mesas tatuadas con dibujos obscenos. Al otro lado de la ventana está un a veces jardín y otras campo de fútbol, reproducción miniada de un campo de verdad, que se dispone a recoger las hojas caídas de la primera evaluación.

Apócrifos

Ángel L. Prieto de Paula

 Mi pueblo no es Colonia, en cuya catedral se guardan las reliquias, dicen, de los Magos de Oriente. Pero en una igliesuca de mi lugar están los huesos, también dicen, de los pastores que adoraron al niño Jesús. En el siglo III, los restos de Isacio, Josefo y Jacobo —tres eran tres, como las hijas de Elena— fueron inhumados por la santa de ese nombre en Belén, y vivieron un baile azaroso durante la Alta Edad Media hasta que un caballero cristiano del siglo X, con la intención de preservarlos de las contiendas religiosas, los llevó a su pueblo y el mío. Hace veintitantos años, los arqueólogos hallaron la arqueta que los contiene, desaparecida desde el XIX. Aún recuerdo las sonrisas socarronas de mis paisanos positivistas, alguno de ellos con bachillerato superior.

   Supongamos que los positivistas de mi pueblo tuvieran razón. Entonces se trataría de huesos “apócrifos”, como los evangelios que dan cuenta de los nombres de Joaquín y Ana, padres de la Virgen; del buey y el asno de la cueva belenita; de los nombres de los Magos, su número y hasta su condición de reyes..., creencias todas ellas que no constan en los evangelios canónicos. Aunque apócrifos, esos restos seguirían siendo antiquísimos, y por ello venerables. Es probable, además, que la falsificación sólo pretendiera excitar la religiosidad popular. Si quienes pagaron la traición de Judas lo hubieran hecho con monedas falsas (Judas tampoco se merecía más, habrían pensado), ¿quién las consideraría hoy falsas si por rara casualidad las encontrase? Hay falsificaciones “auténticas”, y falsificaciones de falsificaciones. ¿Cuánto tiempo ha de correr el agua sobre una mentira para que ésta resulte lavada? ¿Depura el tiempo las mixtificaciones? Si así fuera, quizás podríamos un lejano día recuperar nuestra antigua condición adánica.

Convención

Ángel L. Prieto de Paula

 Cuando uno es joven, las personas mayores son las que están definitivamente instaladas en su ser, ajenas a cualquier proyecto que les obligue a salirse del camino por donde marchan. A los veintipocos años estaba batiéndome el cobre con jóvenes más jóvenes que yo, que me escuchaban, algunas veces en silencio, mientras yo peroraba sobre Unamuno. Un día pregunté a esos adolescentes cuál era, a su juicio, la condición esencial de la juventud, y me contestaron que la desobediencia a las convenciones sociales. Yo, que miraba de reojo a cuantas seguridades me salían al paso, observé que todos esos muchachos y muchachas llevaban vaqueros y zapatillas deportivas; de modo que ellos también vestían uniforme, sólo que distinto al de los adultos. Por entonces los adultos empezaban a imitar con timidez los usos de los chavales, como quien va a la penúltima, un paso más atrás que los imitados. De pronto los años, que antes discurrían perezosos, comenzaron a atropellarse. Alguna vez coincidí con gentes que habían vivido conmigo los tiempos de la juventud. Los cabecillas de nuestras insurgencias habían restringido mucho sus ambiciones. A alguno, incluso, me costó reconocerlo. Primero había querido cambiar el mundo (aunque en su fuero interno anhelaba incendiarlo), más tarde se hubiera conformado con una revolución en su país, y al cabo pude contemplarlo echando los restos, como el que ha retornado desde Troya a Ítaca, en lo que parecía su último pero irrenunciable empeño: mudar de sitio los muebles del comedor, o habituarse a una dieta pobre en grasas. Los otros, los que ni siquiera habían voceado pareados en las algaradas antifranquistas, habían tenido que replegarse menos, y obedecían obesos y sumisos al orden doméstico instaurado por el azar o por su cónyuge.

 Ítaca

Ángel L. Prieto de Paula

 La historia de la Humanidad presenta aventuras de dos tipos: la de los que van a algún lugar, y la de los que tornan de ningún sitio. Los héroes del retorno son menos héroes que los que tienen una tarea por hacer. El malogrado poeta Aníbal Núñez nos contestaba cuando le preguntábamos cómo le marchaban las cosas: “Pues ya ves, voy viniendo”. Iba viniendo, hasta que llegó al punto de su origen. Odiseo, o Ulises, también iba viniendo a esa Ítaca en la que quienes estamos ya de vuelta situamos el paraíso. Era un vencedor de la guerra de Troya, pero en la Odisea sólo lo vemos arrostrar dificultades para llegar a la isla de la que había partido. En el último rincón de cualquier hombre se esconde el deseo de regresar a su madriguera. La mesa de camilla, el calor conyugal y el perro de familia forman un mito más poderoso que la muerte. El único que reconoció a Ulises fue Argos, el perro que después de veinte años de ausencia apenas pudo hacer otra cosa que menear el rabo antes de morir de alegría o, vaya usted a saber, de tristeza. “Mi nombre es Nadie”, había dicho Ulises al cíclope con la intención de engañarlo. Quizás no sospechó que estaba diciendo una verdad futura. Ulises fue quedándose vacío a medida que sus amigos sucumbían en la cueva de Polifemo, en los arrecifes de todos los naufragios, encarnados en los cuerpos gloriosos de los cerdos de Circe. Cuando al fin tocó las costas de Ítaca donde lo esperaba Penélope, su isla era ya un cementerio de proyectos y Ulises se había convertido en Nadie. Desaparecidos los compañeros que conformaban su territorio, a él le había correspondido la desgracia de ser un superviviente. 

Asepsia

Ángel L. Prieto de Paula

 Lo han dicho nuestros clásicos: la misma dama que se refocila viendo cómo pinchan, sangran, horadan en sus carnes y matan finalmente a un toro en las fiestas patronales de cualquiera de nuestros pueblos, chilla si ve a un ratón escaparse a plena carrera por entre sus piececitos. ¿Existe el progreso del espíritu? Tal vez, como afirmó Heidegger, el hombre ha inventado mucho y ha pensado poco. O, si se quiere, no ha tenido tiempo para metabolizar sus descubrimientos. En un sueño retrofuturista, vi a un troglodita sacudiendo las manos que acababa de alzar hasta la boca, para que se desprendieran los trozos de carne sanguinolenta que llevaba aún entre las uñas, porque se disponía a pulsar las teclas de su ordenador. ¿O fue porque trataba de poner música en un pianoforte a los lamentos de su sensibilidad herida? Ya no lo recuerdo bien. La metáfora de nuestro mundo es una gran carnicería: “he visto chotos cabras vacas durante su degüello”, reza el poeta Félix Grande, y “bajo el aguacero del cuello una orza se va llenando de sangre”, remata. Luego se mezclan en una coctelera aséptica los ojos y las tráqueas de los animales sacrificados, las vísceras, la lengua, las fibras de sus músculos. La metáfora, tan cruda, de ese mundo requiere una sublimación. La sublimación de la cultura.

          Cuando un niño rubicundo y de mirada azul come un trozo de mortadela, no acertará a distinguir la materia que la constituye. Sólo una imaginación pervertida sospecharía que en ese alimento casi de celofán se esconden, como fósiles de un sustrato geológico que se resiste a desaparecer, las burbujas de sangre que gorgotea al caer en el cubo, los pedazos de carne informe amasándose en la artesa, y hasta el último estertor agónico y aterrorizado.

Isidro Cicero Gómez es un antiguo compañero de colegio a quien, por desgracia,  hacía 38 años que le había perdido la pista. Era, con mucho, el que mejor escribía de todos los que, de una forma o de otra, hacíamos pinitos en el aún inexplorado terreno de la literatura. Lo cual no despertaba la envidia entre nosotros, sino la admiración, una admiración que prosigue en este mes de mayo del 2003, en el que yo tengo la suerte de poder ofrecerles, como lectores de Paisajes Literarios,  no ya una confirmación de estos urgentes elogios y ponderaciones, sino una pequeña obra maestra. Ella les hablará por sí misma.

Sapos con alas es el primer capítulo de Vindio, la historia de Cantabria contada a los niños, que en 1980 recibió el Premio Ateneo de Santander al libro más importante del año y que ahora está en proceso de reelaboración. Mariano Estrada. 
Ver curriculum del autor al final del capítulo.

 UNO

 Sapos con alas

¡Sapo saludo, sapo saludo, sapo saludo...!

Ya pronto iba a hacerse de noche, aunque todavía había luz. Era esa frontera del crepúsculo en que nosotros corríamos persiguiendo a los  murciélagos cuando doblaban las esquinas de las callejas. Teníamos esa costumbre. Cuando venía uno gritábamos “¡sapo saludo va¡”. No sabíamos por qué lo decíamos,  ni lo que queríamos decir. Yo me había imaginado que los murciélagos sólo salen por las noches porque no soportan el sol. Y porque andan por la vida sin plumas desnudos como sapos. Y que si van de esquina en esquina es para ver - bueno, para ver no, porque no tienen ojos-  si encuentran alas de gorriones o mismamente de mariposas para cubrirse con ellas. Yo creía que saludaban a las paredes de las casas por saludar a quienes están dentro de ellas. Y - pensaba yo por entonces-  es por todo eso   por lo que la gente los llama  sapos y saludos. 

Pero estaba confundido. Mientras los perseguíamos con los largos valegones de avellano,  nosotros no nos preguntábamos por qué los llamábamos así.  Nosotros por entonces decíamos las palabras, las silbábamos o las cantábamos, como las habíamos oído decir, silbar o cantar siempre. Nunca nos parábamos a pensar en lo que significaban las cosas que decían ni en lo que había escondido debajo de ellas. Y es que a lo mejor las cosas no significaban nada, ni tenían nada escondido debajo, aunque yo siempre he pensado que sí.

 Yo, por ejemplo, tardé mucho en caer en que  los murciélagos no tenían nada que ver con el verbo saludar. En realidad fue un niño de nuestro pueblo, pero mucho más antiguo que nosotros, sería ahora bisabuelo de alguno de mi edad,  el que les puso el nombre de sapos con alas, o sapos aludos.  Resulta que cuando decía murciélago, se le trababa la lengua y todos se reían de él.

 -          Di murciélago - le silabeaban los padres, los maestros,  los mismos niños en la calle, éstos para comprobar que todavía no había aprendido. 

-          Murciégalo, murciánago, marcíncalo, murciólogo...  No acertaba. Lo intentaba una vez, dos, lo repetía en secreto. Ya parecía que le iba a salir bien y que ya no tendría que volver a ponerse colorado, y otra vez a las andadas: “Murcínculo”. Hasta que decidió cortar por lo sano.  “No pienso torturarme más por culpa de estos sapos con alas”.

 Y así quedaron bautizados desde entonces en mi pueblo los sapos aludos. Y así llegó el nombre hasta nosotros que lo repetíamos sin saber por qué. Eso sí, colocando una ese donde no era para acabar de complicar la adivinanza.

Piedra redonda

Dije “me voy” y eché a correr camino adelante hacia mi casa que está como a dos kilómetros del pueblo. Llegaba tarde. Era verano, porque el camino estaba lleno de hierbas secas que brillaban como agujas de oro a la luz de la luna. Las hierbas se habían caído de los pesados carros de los segadores. En el verano, cuando se siegan los prados y se recoge la hierba, todo el día están pasando carros para arriba y para abajo. Para arriba vacíos, para abajo muy cargados con las pobres vacas uncidas y sudando invisibles bajo una tonelada de heno fragante. En la fuente de la Miruella cantaba la rana de toda la vida. Los sapos normales croaban en la charca. La punta del valegón que yo llevaba arrastrando dejaba marcado en el suelo del camino un itinerario  de haches minúsculas enlazadas, que al amanecer serviría de sendero para que las hormigas iniciaran un rumbo no programado.

Yo iba silbando y pensando. Acababa de aprender a silbar e intentaba que me saliera la música de una canción.

A la entrada de mi pueblo

Hay una piedra redonda

Donde se sientan los mozos

Después de cantar la ronda.

Y entonces pensaba en aquella piedra redonda a la orilla del camino, medio a la vista, medio enterrada. ¿Quién la habrá puesto ahí?  ¿Y cuándo? ¿Y para qué? ¡Uf, no se sabe¡ No lo sabe nadie. Ni los viejos lo saben. El tío Quico, que es el más viejo de los viejos dijo una vez que está ahí “desde siempre jamás”. Eso debe significar más de dos siglos por lo menos. Igual quince o veinte. O más.

-          Es la piedra de la juventud, - me dijo el anciano.

 Le pregunté por qué.

 -          Cuando yo era mozo nos reuníamos aquí para ir a las romerías de los otros pueblos, cuando íbamos a enramar los balcones por San Juanuco o por San Juanón. O cuando nos llevaban al ejército. Y sobre todo, cuando a los niños ya crecidos nos admitían los mozos en sus cuadrillas. Así era en mi época, en la época de mis antepasados, y mirando para atrás, hasta que hay memoria en este valle.

 

¿Quién estaría antes aquí, la piedra redonda o Peña Labra?  ¿La peña redonda o Peña Sagra? ¿La piedra redonda o el río? Y ¿por qué Peña Labra y Peña Sagra y el río Bullón tienen nombres propios – esos nombres misteriosos vetustos, sugestivos - y la piedra redonda no?

 O sea que yo silbaba, pero también pensaba. Y de pronto, me encontré que sobre la piedra redonda había alguien.  La luna iluminaba la silueta de una niña , de mi edad sobre poco más o menos, de sonrisa forastera, de pelo rubio y de ojos verdes como los tréboles de abril.

-          Hola, me saludó.

Tenía una  voz preciosa, que sonaba así como a mucha alegría. ¿Quién sería? ¿De dónde habría salido? Pensé que a lo mejor iba a casa de alguien del pueblo y no sabía el camino. ¡A lo mejor, la casa a la que iba era la mía, ojalá Dios, amén! 

-          ¿Estás perdida?, -le dije mientras me quedaba mirándola embobado.

-          No, qué va.

-          ¿De dónde eres?

Los ojos se me debieron de poner redondos como platos cuando me respondió: “De aquí. Soy de aquí”. Su sonrisa era cada vez más grande, su cara cada vez más bonita. Y cuanta más incredulidad ponía yo en mi mirada más le brillaban a ella los ojos luminosos como estrellas.

- De aquí, imposible. Me estás tomando el pelo. Yo sí soy de aquí. Y conozco a toda la gente. Y a ti no te he visto nunca.

 - Yo a ti sí te he visto muchas veces. Pasas corriendo siempre por delante de la piedra redonda porque siempre llegas tarde a casa. Te gusta perseguir sapos aludos por entre las callejas al anochecer. Y tienes curiosidad por saber si hay cosas que se esconden detrás de las cosas. Fíjate si te he conozco que hasta sé  las preguntas que nunca has pronunciado.

- Dime una.

- Te digo varias. Te has preguntado ahora mismo quién habrá puesto aquí esta piedra redonda y qué se esconde en ella.

-Es verdad.

-Y por qué en este pueblo llamáis sapos aludos a los murciélagos.

-Verdad.

Fue entonces cuando me contó la historia de aquel niño de otros tiempos que bautizó de manera diferente a los murciélagos.

-Y una noche soñaste que la gente te llamaba Vindio.

- ¡Es verdad! O sea que eres una bruja...

Enseguida me di cuenta de que acababa de decir una tontería. Porque una bruja era imposible que tuviera aquella caruca de manzana. Una bruja hermosa y buena es una anjana. O sea, que eres una anjana, acerté a decir.

 

-Anjana soy. Amiga soy de la gente de aquí. Ayudar me gusta a la gente de aquí....

Me di cuenta de que de repente se ponía a hablar como hablan los personajes que aparecen en los libros antiguos. Noté el orden arcaico de las palabras y el hipérbaton - según aprendí más tarde – para destacar lo principal de lo que quieren decir. 

¿Y qué era lo más importante de todo lo que quería decirme aquella niña que parecía un sueño? “Soy una anjana. Quiero ser tu amiga. Estoy aquí para ayudarte”.

 Aquel atardecer en el que conocí a la Anjana, iba a ser uno de los momentos más importantes de mi vida, porque de pronto averigüé qué era en realidad la piedra redonda en la que la Anjana estaba sentada y frente a la cual me había planteado yo tantas preguntas.  “Tiene un tesoro escondido”, me dijo la Anjana.

 -          ¿Un tesoro de cuando los moros?, - pregunté ansioso.

-          No, pero si le das la vuelta y la haces girar, encontrarás un tesoro mucho más valioso que todos los tesoros que dejaron los moros enterrados por estas cuevas. Sabrás todos los nombres y todas las cosas. Conocerás generaciones de antepasados tuyos que vivieron aquí. Sabrás lo que les pasó, de donde vinieron, con quiénes se pelearon y con quienes se unieron...

-          ¿Y cómo hago yo para darle la vuelta a la piedra redonda? ¿Y quién sería capaz de hacerla girar?

-          Ahora verás, ahora verás...

Un bosque de enanos

 Abrió su zurrón y sacó de su interior una especie de pandereta sin sonajas. En los bordes de la pandereta, brillaban gusanos de luz. Las luciérnagas se movían mientras la Anjana golpeaba con un ritmo nunca oído la piel amarilla del pandero, redondo como la luna llena, y miraba sonriente hacia la ladera de las Ánimas. Me cogió la mano y me transmitió su tranquilidad de seda.

De repente vi bajar ladera abajo una inmensa procesión de enanucos, vestidos de distintos colores. Parecía como si se hubiera levantado un viento invisible que arrastrara por la cuesta hojas de todo tipo de árboles reales o imaginarios. Los más grandes no abultaban ni como un puño de los míos. Había enanos verdes, amarillos, rojos, azules, morados. Tenían las cabezucas cubiertas con hojas de roble, o de haya. Los cuerpos vestidos con cazadoras de musgo. Algunos vestían túnicas confeccionadas con helechos secos. Calzaban botas primorosas de corteza de haya.

Saludaron a la Anjana. Muchos de ellos la besaron. La Anjana les dijo que yo era el chico del que habían hablado. Vindio, el niño interesado por la historia de los pueblos, de todos los pueblos, en particular por la del pueblo cántabro.

Los enanos me saludaron alegres. Daban vueltas alrededor de mi, me cantaban a coro, hacían piruetas en el aire, tocaban los bígaros que llevaban colgados al cinto, todos a la vez, haciendo una melodía maravillosa. Me puse a contar enanos y no se acababa nunca. Había miles de enanos bailando por todo el camino abajo, por todo el camino arriba, ocupando la campera, trepando los troncos de los árboles.

Se acercó a la Anjana uno vestido de musgos rojos, con capucha de acebo, se colocó alrededor del cuello el collar de luciérnagas de la Anjana, me pidió que le sujetara el valegón con el que yo había venido haciendo haches minúsculas entrelazadas por el camino, y trepó ágilmente hasta la punta del largo palo de avellano de atrapar murciélagos. Cuando estuvo en la punta, los enanucos dejaron de bailar y de hablar entre ellos. Para enanos tan enanos, subirse hasta aquella altura debía de ser una cosa de mucho peligro. Es como para un mozo de mi pueblo escalar la maya de la fiesta mayor.

-          Enanos de los bosques de Cantabria –empezó. Compañeros trentis, amigos tentirujos, admirables anjanas invisibles, sonoros bígaros, luminosos gusanos de luz, temidos ojáncanos, legendarios trasgos, habitantes todos de los bosques...

Al mirar hacia arriba, hacia donde estaba encaramado el enano vestido de musgos rojos con  capucha de acebo, mis ojos se toparon sencillamente con el círculo blanco. La sincera luz nueva recién llegada. La luna llena grande y hermosa que, de repente, se había empeñado en hacerse real.

El enanuco seguía su discurso:

-          Como todo el mundo sabe, somos los encargados de guardar los tesoros escondidos en los montes y en los valles. Cada mil años, nos reunimos en un monte distinto, donde celebramos un congreso para  hacer un balance de ese milenio.  Nuestro mundo es el bosque. Si el bosque muere, yo ya no existo. Eso es cosa sabida. El bosque es nuestra vida y el cofre que guarda el tesoro de la vida de todos, pero desde el último congreso, ¿cuánto bosque hemos perdido?

Dejé de mirar a la luna y paseé mis ojos por los ojos verdes de la Anjana que parecían un prado sin segar.

-          ¡Suenan las alarmas sobre el bosque de Cantabria y sobre el de toda la tierra¡ Nos lo avisan desde sus piedras redondas los enanos de todos los continentes. Hace mil años esta tierra que ahora se llama Cantabria era un bosque tupido, pero se está quedando sin robles y sin abedules...

Un enorme lamento acogió estas palabras.

-          Y sin fresnos – siguió el enano encaramado al valegón, mientras los del suelo se quejaban, como si estuvieran rezando una letanía de moribundos.

-          Y sin alisas.

-          Ay, ay, ay – sollozaban.

-          Y sin tejos.

-          ¡Ay¡

-          Y sin encinas.

-          Ay, ay.

-          Y sin hayas.

-          Maldita sea – gritó un enano a mis pies.

-          Y sin castaños, y sin nogales, y sin olmos...

Tomó la palabra la Anjana y dijo: “Unos hombres me cortaron el espino albar”.

Un espeso silencio acogió estas palabras. Todos los enanos rojos, amarillos, azules, morados, miraron hacia la Anjana con mucha pena, como si hubieran escuchado el mayor de los crímenes.

-          ¿El espino albar?

No podían creerlo. Parecía que el trébol de los ojos de la Anjana alguien lo hubiera segado de repente y se hubiera secado al sol. Me explicó que todas las hadas, anjanas o de cualquier otra clase, tienen sus viviendas bajo los espinos albares. Si vas por el monte y ves que a un espino le han salido flores blancas es señal de que está habitado por un hada. Tiene anjana, tiene hada, decimos en mi pueblo cuando vemos en febrero y marzo las flores blancas de cuatro pétalos. ¡Cortar el espino albar¡ ¡Que crimen¡ Es como privar a las hadas de sus casas. Además, me he enterado luego, cortar los espinos que tienen hada siempre trae desgracias en los bosques, siempre hace daño a sus habitantes. Quizá os extrañe, pero esto es algo que todavía no saben bien los humanos.

Había pasado mucho tiempo desde que la Anjana convocó a los enanos con su pandereta de luna bordeada de luciérnagas para que me mostraran el secreto de la piedra redonda.

Y había llegado el momento. “La piedra redonda es un disco de piedra en el que está todo grabado. Ya verás”.

Miles de enanos se acercaron a la piedra y, con una fuerza increíble, la levantaron en vilo. El enano de musgos rojos hizo una señal y la piedra empezó a girar y a girar, veloz, sobre los enanos que la movían mientras danzaban. Otro enano vestido de líquenes plateados llevaba en la mano una rama de acebo con la que tocaba distintas partes de la piedra y  hacía salir de ella sonidos y canciones, galopes de caballos, trompetas, cuernos de cacerías, gritos de dolor y de mucho miedo, golpetazos del mar sobre las rocas y voces de pescadores, disparos de fusil y entrechocarse de hierros. Cantares de segadores,  sonidos de carreta y pitidos de la máquina del tren.

Tocaba el enano una parte de la piedra y aparecía, por ejemplo, la cueva de Altamira. Tocaba otro punto y aparecía el castillo de Castro Urdiales. Otro, y salía Beato de Liébana escribiendo.  Otro, y aparecía a caballo un señor que se presentó como Juan Díez Porlier, el Marquesito.

Yo estaba embobado. En mi pueblo, nadie había visto jamás algo parecido.  

-          ¿Esta piedra es el disco de la música de la historia? – pregunté por preguntar algo.

-          De la música, de la letra  y del grito – me contestó el enanuco

-          ¿Y la imagen?

-          La imagen también

Mucho hemos aprendido los niños de mi pueblo alrededor de la piedra redonda en la que, -quién nos lo iba a decir antes de aquella tarde – estaba grabado más de lo que nuestra curiosidad y nuestras ansias de saber podían preguntarse. La piedra redonda que la Anjana y los enanucos nos enseñaron a utilizar; don Pedro, el maestro de mi escuela, que es un sabio; mis padres y mis abuelos que a sabios no hay quién les gane y, sobre todo,  los libros de la biblioteca de nuestra escuela, nos enseñaron todas estas cosas sobre la historia de Cantabria que a continuación os voy a relatar.

Isidro Cicero

Isidro Cicero, periodista y escritor.  Licenciado en Sociología.  Nació el 1 de septiembre de 1947 en Valdeprado (Liébana). Cantabria. 
Escritor. Es autor de los siguientes libros:
Los que se echaron al monte”, 1977 1ª edición y nueve ediciones posteriores.
 El Cariñoso” (tres ediciones, 1978, 1983, 2000);
 VINDIO, la historia de Cantabria contada a los niños (dos tomos) 1979, 1980. De este libro, agotado desde 1973, está anunciada una nueva edición. Esta obra recibió el premio del Ateneo de Santander el año de su publicación.
“Liébana de punta a cabo, guía del viajero”, 1982
Santander de punta a cabo, guía del viajero” (1981)
“El Estatuto de Cantabria para los niños”, 1981, en colaboración con el dibujante José Ramón Sánchez.

En 1999 regresó al tema del Estatuto para los niños como autor de los textos del CD ROM que Cibermedios realizó para el Parlamento de Cantabria.

“Enciclopedia Infantil de Cantabria”, 1986 -1987, publicado en fascículos a color en el dominical de ALERTA, El Cantábrico, con fotos de Pablo Hojas y dibujos de Jesús Hoyos y  Andy. 
“Ocio y vida cotidiana de la juventud trabajadora”, en colaboración con el Grupo EDIS, Madrid.
 El laberinto cántabro”, 1991, en colaboración con el también periodista y escritor Víctor Gijón.
“Cuentos populares de Cantabria” 1984.

Además es autor de obras teatrales y poesía.

Editor.- Publicó algunos de sus libros en la editorial Corocotta, fundada por el propio Isidro Cicero en 1978, en la que, entre otras obras, editó (1981) “Dolor de tierra verde”, obra de Manuel Llano (1938) a partir del manuscrito original que conservaba Gerardo Diego y que el poeta cedió a Cicero para la ocasión.

Por encargo de Ayuntamiento de Santander coordinó también la edición del “Retablo Infantil” de Llano, con dibujos del pintor Pérez Castaño. Fue uno de los promotores del homenaje regional a Manuel Llano en 1980 con motivo de su centenario y del traslado de sus restos al panteón de cántabros ilustres, siendo portavoz en aquella ocasión del mundo de la cultura de Cantabria, pronunciando el discurso a tal efecto en Ciriego.

Periodista.-  Fue redactor del diario Alerta desde 1984 a 1991, creando entre otras la sección dominical Cantabria de punta a cabo. En el rotativo cántabro ostentó los cargos de jefe de Región, director de El Cantábrico, coordinador  de suplementos y, por último, redactor jefe. Destacó como reportero. Desde 1991 su labor periodística se ha centrado en el ámbito de la comunicación política, primero desde el Gobierno de Gestión, 1991;  después, en el Ayuntamiento de Laredo, y finalmente en el Parlamento de Cantabria.

Otros.- Fue presidente de la Fundación Pablo Iglesias en Cantabria, del Movimiento por la Paz, el Desarme y la Libertad y de ARCUS, una asociación que se creó con el objetivo de apoyar la repatriación de los Niños de la Guerra. 

  Si protegemos los entornos naturales, si protegemos a nuestros hijos, si protegemos incluso nuestro dinero ¿por qué no cuidamos algo tan valioso como el idioma? Sólo deseo que este texto sirva para despertar inquietudes

INTRODUCCIÓN

En 1997 salió al mercado editorial una obra que en pocos meses parece haberse convertido en un auténtico best-seller. He recomendado personalmente su lectura entre conocidos y amigos, pues El Dardo en la Palabra (1) constituye una obra de referencia útil para quienes utilizan el idioma en su trabajo, o simplemente para quienes encuentran la necesidad de tomar el pulso al español actual: estudiantes, periodistas, docentes, políticos, profesionales de la publicidad, etc. No obstante, junto a la recomendación de su lectura siempre he añadido el consejo de hacerla críticamente, pues esta obra está, al mismo tiempo, llena de aciertos contundentes y de errores mayúsculos.

El Dardo en la Palabra es una colección de artículos periodísticos del actual director de la Real Academia Española (2) , Fernando Lázaro Carreter, acerca del español presente y de los últimos años. De un libro que se ocupa del uso del idioma cabría esperar rigor, exactitud, objetividad y, sobre todo, veracidad.

En vez de esto, y no despreciando la importante contribución de esta obra en la denuncia y corrección de crasos errores habitualmente cometidos con el castellano, el lector se encuentra con una amalgama heterogénea de temas sociolingüísticos en la que se mezclan el análisis de la lengua -predominantemente el aspecto léxico-semántico-, algunos datos sobre la evolución de nuestro idioma y consideraciones mucho más subjetivas relativas al estilo del lenguaje y el mal uso que hacen de él especialmente los medios de comunicación. Los temas tratados en los más de 200 artículos no son en sí mismos subjetivos, más bien la fórmula utilizada por el autor. Afortunadamente no siempre ocurre de este modo, pero son pocas las ocasiones en que su enfado ante la incompetencia lingüística de los demás no le ciega y le impide llevar a cabo un juicio mucho más sereno y acertado de los vicios y virtudes de nuestro español contemporáneo. El resultado: una colección de artículos que carece de la rectitud metodológica que debe caracterizar una obra próxima al ensayo. Asombra leer, por ejemplo, que si algo carece de sentido en los comportamientos idiomáticos, es el purismo; pretender que una lengua permanezca inmóvil supone tanto como propugnar la parálisis de sus hablantes (3) , después del fútil e inconsistente ataque al adjetivo peatonal (4) , o después de hacer ascos a expresiones del tipo Vota socialista (5) simplemente porque no se han inventado en España. Contradicciones de este tipo representan la punta de un iceberg de proporciones apreciables, lo suficiente como para ser bien advertidas por el lector atento, lo suficiente como para devaluar la calidad general de la obra y hacerla naufragar con frecuencia.

Tras leer algunos artículos, llama mucho la atención que tan hermosos postulados se queden en la mera teoría, desde el momento en que con pobres fundamentos se critican cambios léxicos convenientes que anulan la credibilidad de esas afirmaciones de apariencia tan liberal. O, aún peor, siempre que el autor incurre en los mismos errores que tantas veces son criticados en otros hablantes, sin preocuparse siquiera de mantener una postura coherente e inequívoca acerca de diversos aspectos relacionados con el idioma. Admítase como disculpa, desde luego, que este libro es fruto de la recopilación de artículos publicados durante un extensísimo período de tiempo (más de veinte años) y por ello no responde a una elaboración global preparada ex profeso. Por el contrario, y como ya se ha apuntado antes, en ocasiones a esta obra le falta unidad de criterio, rigor metodológico y, a menudo, veracidad en las ideas que presenta.

No sería honesto, sin embargo, pasar por alto los acertados comentarios que el señor Lázaro elabora acerca de tantos y tantos aspectos del español actual. Realizar una crítica a su obra no debe entrar en contradicción con la necesidad de valorar en su justa medida muchos y oportunos análisis de las más diversas cuestiones relacionadas con nuestro idioma. Es una completa satisfacción, por ejemplo, leer su artículo dedicado al dequeísmo (6) , en el que se explican las causas posibles de esa tendencia tan generalizada entre los hablantes de castellano. Porque para vicios lingüísticos como el dequeísmo difícilmente pueden encontrarse excusas, ya que suponen un ataque directo al corazón de la lengua, en este caso a su sintaxis. Igualmente exacto y relevante es el capítulo dedicado al adjetivo histórico (7) ,palabra tan sobada por los medios de comunicación, tantas veces usada sin fundamento por quienes pretenden colocar acontecimientos de relativa importancia o relevancia pasajera en los más elevados altares de la historia, sin ninguna razón que lo justifique excepto la infantil exageración de quien demuestra carecer de perspectiva histórica alguna. Sumamente interesante, también, el capítulo que lleva por nombre "Alto el fuego"(8) ; exacto, preciso, sin estridencias, sin histerias, correcto en su planteamiento y exquisito en el tono empleado, este artículo es casi una excepción entre tantos otros de muy diferente cariz. Una lástima, porque con este tipo de crítica lingüística el lector descubre los entresijos del idioma y se le estimula a adoptar actitudes críticas ante determinados actos de habla. Excelente apreciación la que sirve de comienzo para el artículo llamado "Más instrucciones en español"(9) , donde se analizan las implicaciones semánticas de los verbos transmitir y retransmitir empleados en el ámbito de la radio y la televisión. Extraordinario valor filológico posee también el artículo llamado "¡Santiago, y cierra, España!"(10) , en el que el lector contemporáneo averigua el verdadero sentido que dicha expresión posee en nuestra lengua y nuestra cultura de la mano del valor enfático de la conjunción y del significado desusado del verbo cerrar. ¡Cómo no agradecer verdaderas gotas de fino humor entre un aluvión de acidez! Parodiando el lenguaje oscuro y retorcido de muchos columnistas, en el artículo llamado "Lenguaje transparente" el autor construye un ingenioso paralelismo entre la narración de un partido de fútbol y la descripción de una obra poética (11) . Realmente precisas son las razones que aporta el autor al explicar el uso tan frecuente de vocablos comodín del tipo usuario o tema (12) , desenmascarando esa inercia mental que caracteriza a tantos hablantes que les impide construir el mensaje con un mínimo de riqueza expresiva y exactitud. No dardos, en fin, sino lanzas envenenadas merecen tantas infracciones cometidas por quienes usan el idioma sin una mínima preocupación por hacerlo bien.

Con Palabras Torcidas y Dardos sin Tino se pretende hacer una crítica constructiva al fondo o a la forma de muchos artículos incluidos en El Dardo en la Palabra, pero con ello no se persigue, ni por asomo, justificar las aberraciones dichas o escritas por políticos, publicistas o profesionales de los medios de comunicación, entre otros. ¿Cómo podría justificarse lo que no admite justificación? ¿Cómo habría de digerirse que un profesional de los medios confunda los verbos asestar y asentar, los adjetivos efímero e infinito, los sustantivos inclemencia e injusticia, los adverbios tácitamente y prácticamente? ¿Qué pensar de un periodista que afirma que A Butragueño no le gusta hablar de su vida intrínseca, o que en un pueblo vasco el párroco ha decidido sacar en prerrogativa la imagen de su santo patrono para pedir la lluvia?(13) .

Se hace muy difícil albergar comprensión con quienes demuestran tanta incompetencia; pero, cuidado, hablamos de incompetencia lingüística exclusivamente, y la crítica va al profesional, no a la persona o personalidad del incompetente. Por muy descomunal que sea la pifia expresiva, el crítico de la lengua haría mal calificando la calidad humana o la estatura mental de quienes andan tan despistados con el idioma. No le corresponde esa tarea, ni interesa al estudio de los usos lingüísticos; y, lejos de afianzar sus argumentos, devalúa su autoridad haciéndola parecer despótica, y clasista. Cuando el propio sistema del idioma nos ofrece tantas razones para tumbar a quienes demuestran impreparación lingüística, ¿para qué rebuscar razones que se alejan de la propia descripción de la lengua y sus normas establecidas? ¿Qué sentido tiene coger el cabreo padre y no poder pasarse sin destilarlo en público? El autor extralimita su crítica, y ése es un alto precio que debe pagar, no él –su salud lo agradece-, sino la calidad de su obra.

Denunciar el destrozo del idioma que se hace a menudo en los medios es uno de los asuntos recurrentes de El Dardo en la Palabra, y ese leitmotiv debería continuar vigente después de la presente obra, a pesar de que se critiquen los métodos empleados o los argumentos en los que se fundamentan algunas discusiones relativas al castellano actual. Basta con leer por encima dos o tres periódicos, escuchar un par de horas la radio y sentarse delante de la televisión durante un rato para asistir al amentable espectáculo que muchos profesionales ofrecen cuando se ponen a redactar en castellano o a improvisar delante de un micro. Especialmente fecundo en meteduras de pata demuestra ser el mes de agosto, época del año en que frecuentemente saltan a la palestra sustitutos con precipitado deseo de demostrar su valía, y, claro, se meten en camisa de once varas cuando persiguen la originalidad basada en extraños giros o vocablos de apariencia sugestiva que llamen la atención. Por mencionar sólo algunos ejemplos, el de una presentadora del pronóstico del tiempo que calificaba un día de sol y calor del mes de agosto como un día estándar de verano. No le debió de parecer suficiente con un día típicamente veraniego, un día propio de la estación o un día enteramente veraniego, y el resultado a la vista está.

Parecida impropiedad demostraba el corresponsal en Italia de una cadena de radio cuando en un informativo decía que a pesar de su estado de salud el Papa no se plantea la dimisión, en vez de el Papa no se plantea la renuncia. No parece haber llegado aún el tiempo en que los papas dimitan de su cargo, de lo contrario deberíamos admitir también que Dios, su único superior, podría cesarlos, con la misma naturalidad con que cesa Gil a sus efímeros entrenadores. Otro informador -ahora de televisión, veterano de muchos años y a pesar de ello poco desenvuelto con el idioma- se refería a la ciudad holandesa de Tillburg, donde el Betis debía jugar un partido de la Copa de la UEFA, calificándola con el adjetivo industriosa. Evidentemente quería decir industrial, pero ese adjetivo no debió de gustarle por vulgar o poco vistoso. Un llamativo caso de desconcierto es el que protagonizó, a su vez, un profesional de la radio en la siguiente situación: informaba sobre la mala evolución del estado de salud del ex-piloto de motociclismo Ricardo Tormo, e hizo alusión a la gran afluencia de familiares y amigos a la habitación donde se hallaba hospedado el enfermo. Hay que señalar, en desagravio del gremio periodístico, que el locutor que se encontraba en el estudio interrumpió a su propio compañero para hacerle rectificar semejante disparate.

Corresponde a una tendencia general entre muchos profesionales de los medios que en determinados contextos se opte por la palabra más larga de entre dos casi sinónimas. Es la razón por la cual, por ejemplo, tras una catástrofe un país o una región vive momentos de confusionismo, en vez de confusión, en un partido de fútbol un jugador destacado juega con clarividencia, en vez de claridad, un equipo demuestra peligrosidad, y no simplemente peligro, ante la meta rival, un defensa comete una falta demostrando voluntariedad de hacer daño, en vez de voluntad, o el lanzamiento de una falta es la iniciación de una jugada de gol, en vez de ser su inicio. Naturalmente, quien se lleva la tarjeta roja al vestuario ha demostrado intencionalidad de lanzar al contrario una patada por detrás, en vez de mera intención, y siempre que un equipo avanza hacia la portería contraria lo hace por mediación de alguno de sus jugadores, rara vez por medio de uno de sus jugadores. La cuestión no siempre se reduce a entrar a discutir si tal o cual palabra puede ser utilizada en determinado contexto, sino al hecho lamentable de que siempre se utiliza la misma con arreglo a esa preferencia casi exclusiva por el vocablo grande y sonoro, lo cual representa una forma de empobrecer el idioma casi en silencio.

Aún de peor naturaleza y mayor menoscabo para el idioma son los errores cometidos con la sintaxis de los mensajes. Si el vulgarismo alante, según confiesa el propio autor, le apesadumbra el hígado hasta la ictericia (14) , a cualquier hablante que ame el castellano sin tanta bilis quizá se le rompa el corazón de pena ante ejemplos como los que siguen. Es frecuente escuchar en radio o televisión un diálogo como éste:

- Yo creo que no ha sido penalti.

- [*] Yo creo que tampoco.

Evidentemente, para expresar asentimiento a la primera frase diríamos Yo tampoco lo creo. La segunda estructura sólo podría ajustarse a la coherencia comunicativa en un diálogo como el que sigue:

- Seguro que no me renuevan el contrato. ¿Y a ti?

- Yo creo que tampoco.

Muy habituales son también las estructuras subordinadas que comparten el sujeto de la oración principal formuladas de esta manera tan peculiar, y en las que el hablante en todo momento se está refiriendo a sí mismo:

[??] Espero que no tenga que presentarme ante el juez de nuevo.

Tan complicada organización sintáctica se hace tersa y fluida en Espero no tener que presentarme ante el juez de nuevo, como si una plancha con vapor hubiera eliminado arrugas y ácaros de una prenda deslucida que causa desazón.

Aplicarse al examen cuidadoso del idioma en los medios es el cuento de nunca acabar. Sólo incluiré en esta introducción dos últimos casos de fiasco lingüístico que podrían engrosar el largo repertorio coleccionado por el autor de los dardos, ya que tienen como protagonistas dos ítems extensamente tratados en su obra: la locución preposicional a pie de y el sustantivo colectivo. Así, con motivo de la muerte del poeta gaditano Fernando Quiñones –de Chiclana, más exactamente-, en un informativo de radio un reportero dice entrevistar a pie de firma a un ciudadano que se ha acercado a la capilla ardiente. Se refería, como el lector podrá deducir de la situación, al hecho de que las personas que acudían a decir el último adiós al poeta (perdonen el tópico) dejaban constancia de su visita firmando en un libro, y que el entrevistado fue abordado por el periodista justo antes o justo después de su firma. Así que por tan singular arte de síntesis conceptual la entrevista se llevó a cabo a pie de firma, lo que hace suponer que, cuando menos, el libro de firmas fue situado sobre peana o pedestal. De la misma cadena de radio era otro locutor que informaba acerca de unas protestas estudiantiles en la Facultad de Arquitectura de Sevilla. Con dichas protestas los estudiantes exigían a los responsables más atención a los alumnos zurdos y a sus particulares necesidades, como la instalación de mayor número de sillas con palas al lado izquierdo. El periodista concluía su reseña precisando que el colectivo de los zurdos superaba el 15% del total de alumnos matriculados en la Facultad. Bien está llamar colectivo al grupo formado por individuos a los que les une una relación ideológica, artística o laboral, pero asombra escuchar que los zurdos forman un colectivo por el mero hecho de ser zurdos. Debe de tratarse de un colectivo de formación espontánea. A la vista de estos y tantos otros casos de incompetencia, y a pesar de lo que la lingüística moderna aconseja, con la obra presente no se censura la crítica idiomática emprendida por el autor, sino la forma en que la realiza y el fondo que sustenta muchos de sus argumentos. Con El Dardo en la Palabra se plantea el debate de cómo se usa el español en la actualidad, y plantearlo ya de por sí puede producir efectos positivos sobre el idioma. Por otra parte, el lector podría pensar que al censurar los métodos empleados por el autor en su obra se incurre en los mismos errores que se critican. En otras palabras: que rechazar, entre otras cosas, el enfoque prescriptivo y considerarlo inadecuado para el correcto análisis lingüístico constituye a su vez una actitud prescriptiva. Es un riesgo que desde aquí asumo y sospecho inevitable al llevar a cabo una labor que creo justa y de provecho.

Muchos de los errores cometidos en El Dardo en la Palabra son el resultado de aproximaciones al estudio de la lengua de dudoso valor: la crítica prescriptiva y la perspectiva diacrónica de la realidad idiomática. Según la primera, el especialista de la lengua atribuye mayor importancia a establecer la corrección o incorrección de los actos de habla que a la simple descripción de éstos. Esa labor prescriptiva, de aceptarse como válida, debe apoyarse siempre en la cautela, el rigor y la veracidad. Con cautela el investigador evita el análisis categórico o parcial, admitiendo otros puntos de vista que podrían ser tan correctos como los que él adopta (15) ; con rigor y veracidad, el lingüista debe aportar argumentos sólidos que apoyen sus ideas, sin falsear datos u ocultar información. Como veremos en varios ejemplos a lo largo de la presente obra, estas condiciones no siempre se dan en los artículos incluidos en el libro que nos ocupa. Así las cosas, el método de trabajo utilizado por el autor se demuestra muchas veces equivocado no ya tanto por el simple hecho de ser prescriptivo sino porque no se respetan esas condiciones mínimas sobre las que debería basarse cualquier forma de análisis lingüístico: cautela, rigor y veracidad. En cuanto al enfoque diacrónico,