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Claudio Rodríguez fue un poeta grande que, sin embargo, ha pasado por este mundo de urgencias completamente desapercibido. Ya sé, ya sé...lo ensalzaron los que de verdad lo conocieron, pero ¿cuántos lo conocieron si descontamos a Clara y a las élites?

  CLAUDIO RODRÍGUEZ.

  A esta sociedad vertiginosa, consolidada en la urgencia de la competitividad y el infinito beneficio, donde la celebración no es un vuelo, precisamente, sino la excusa de un vino adulterado. A esta sociedad, digo, se le ha muerto un poeta. "¿Quién nos calentará la vida ahora / si se nos quedó corto / el abrigo del invierno?"

En el árbol de la poesía, cuyas ramas gravitan hacia territorios esenciales, aunque históricamente arrinconados, el  poeta de Zamora   ocupa un gran espacio de la correspondiente a su generación, que es Gil de Biedma y Goytisolo, que es González y Brines, que es Barral y Valente...  Ocupa  exactamente el espacio de la luz  y la transfiguración, el crudo resplandor de la verdad sin la que no puede haber dicha y  la savia del hombre en su manantial de intimidad y de pureza...

Todo ello, desde la rama mundana de una vida de escasas florituras, con humildad en lo humano,  recoleta en lo social, ahogada quizás en lo económico... Eso sí, con muchos y abultados reconocimientos: Premio Adonáis de Poesía, Premio de la Crítica, Premio Nacional de Literatura, Premio Reina Sofía,  Premio Príncipe de Asturias... y, ya como estrambote,  el prestigioso marbete de la Real Academia de la Lengua...

Desde una realidad como la suya , ciertamente parca en produción y con más premios que libros,¿qué aspiración no se daría por colmada y aún con hitos de sobra?

El sentimiento desde el que escribo estas líneas no es en absoluto visceral, sino serenamente racionalizado; no es punzante la herida que me aqueja, sino sangre comedida   y serenamente intelectualizada. Pero "Tanta serenidad es ya dolor" y, en ese estricto sentido, soy un alma en pena, sacudida,  agitadamente doliente. Y a pesar de todo, Claudio,  mi corazón está en calma, porque "el dolor verdadero no hace ruido: / deja un susurro como el de las hojas / del álamo mecidas por el viento".

Que encuentres la paz junto a esas hojas de álamo que amarillean siempre en la muerte, esas hojas dulces en cuya música serena  pudo mitigarse un día tu dolor hasta convertirlo en victoria. Y míranos después, amigo, desde la eternidad conquistada de la lírica.

Mariano Estrada, 25-07-99

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