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Rosa Mary fue el empujón hacia mi primer libro, que no en vano lleva la siguiente dedicatoria: "Rosa Mary: puesto que tienes una culpa considerable en la publicación de este libro, te impongo la pena de mi eterno agradecimiento". La nuestra es una amistad de 24 años, en los que nos hemos echado a la cara los acuerdos y las divergencias. Y supongo que seguiremos en la burra, porque somos de esas personas que, recuperadas de los golpes, solemos volver a la carga. No me imagino un futuro en el que ella no estuviera entre mis mejores amigos.
Mariano Estrada, 03-03-2001

Querida Rosa:

El hecho de que tú y yo nos creamos mutuamente pagados, no quiere decir que entre nosotros esté saldada la cuenta de la vida: una cuenta cifrada en amistad y reconocimiento que, a mi modo de ver, y a fecha del presente, es de saldo mortal, por cuantificarla de un modo finito.

Por otra parte, que  una amistad  se prolongue tantos años, indica dosis muy altas de lealtad y respeto. Si estuviéramos en el campo literario, por el que sabes que me muevo con gracilidad de sirena, mi lealtad hacia tí  tendría que compararse con la que tengo hacia Borges, un gaucho de pro no menos clarividente que contradictorio; o acaso hacia Cervantes, que hizo un retrato íntimo de España, aún no puesto seriamente en cuestión. Y me estoy saltando a gigantes admirables a los que, en un tiempo o en otro, he tenido el orgullo de considerar como verdaderos amigos: léase Neruda, Hesse, Machado, Cela, Dostoievsky, Whitman, Lorca, Kafka...

Lo que intento decir es que en la balanza corriente de mi vida, hay algunas personas constantes y señeras que, para mi honra y fortuna, trascienden la fugacidad de un embozo, el apasionamiento momentáneamente desorbitado y el rifirrafe dialéctico, que es lo máximo que nosotros hemos podido incubar en cuestión de divergencias o de maldades.

La adivinación es una suerte de magia que yo no cultivo, por lo que ignoro las sendas por las que va a moverse el futuro. Mi deseo es andar por derroteros naturales, susceptibles de descarrilamiento y de gozo,  y no por autopistas marcadas por asfalto y predeterminación, pues, en pro de una conformación espaciada y sustanciosa, prefiero tropezar con las piedras. Es más, un camino sin piedras sugiere una explanación del ingenio...

Desde ese punto de vista, y siempre referido a la amistad, estos años en los que la comunicación entre nosotros ha estado un tanto hibernada,  no han sido avaros en depararme sorpresas. Ellas contradicen en parte aquel augurio tuyo sobre mi futura soledad, que, sin embargo, no estaba del todo desencaminado. Ambas cosas, soledad y compañía, tienen un mismo culpable, con el que me siento -aquí sí- altamente deudor. Y es que la poesía gravita siempre en filones.

Por lo demás, y dado que vivimos bajo férulas de competividad y mercantilismo  -que hacia esa dictadura ha derivado el progreso-, una gran parte del tiempo estamos habitados por la profesión, que es prisa sin tregua, que es empujón, que es angustia, que es ausencia de calma...
En tamaña marejada de menesteres, que rompe con estruendo en los cantiles del mercado, jamás nos faltará compañía, pues si el llanto y la desgracia nos unen, como se dice,  el dinero nos amontona, como puede verse en la bolsa. El problema es que el lenguaje de la comunicación es un guarismo bursátil e infinito, es decir, dos ceros consecutivos, ya que su metáfora es un ocho tumbado.

¿Y tú me pides recato en mi desaforado contubernio con la literatura? ¿Cómo perpetuarse en los besos de mejilla si se ha explorado el bosque proceloso de la creación? ¿Por qué se ha renunciado a la multiplicidad, la variedad, la exuberancia, la riqueza? ¿Por qué se exhibe tanto la sensiblería y apenas hay un hueco para la sensibilidad? ¿Por qué lo fácil, por qué el empobrecimiento del gusto? ¿Por qué descabalgar la sugerencia, el resquicio para la creatividad del lector, incluso para la aportación y enriquecimiento de la obra leída? ¿Por qué se aboga siempre por lo supercicial, lo establecido y lo obvio?

En éste, y en el más escabroso de los terrenos, las tomas de postura son perfectamente legítimas. Te puedo asegurar, no obstante, que lo mío no es una pose. Yo amo tercamente la palabra, su especificidad, su cuerpo, su significado. Yo amo de verdad el idioma, refocilo amorosamente con él y en él me reconforto y me redimo. También quiero decirte que, en medio de esa vorágine idiomática con apariencia de promiscuidad en la que yo acostumbro a moverme,  mantengo un cierto  pudor y no comparto el catre con palabra ninguna si antes no he entrado en el conocimiento de su familia. De ahí que, desde hace mucho tiempo, acostumbre a leer con el soporte de un diccionario. Y si hablo de lecturas, prefiero al Gabriel García Márquez sugeridor de Cien años de Soledad que a ese otro directo de una muerte excesivamente anunciada y algunos amorosos demonios. Juan Benet me sedujo en ciertas páginas y determinados momentos. William Faulkner lo hizo con la magia de sus Palmeras Salvajes. Toro Tumbo me rindió a Miguel Ángel Asturias. Pedro Páramo fue la confirmación de la dicha...
El tema de la comunicación, de apariencia tan clara, es subyacentemente espinoso, tanto que una gran parte de la literatura actual suele estar dirigida. Pasando esto por alto, que es pasar bastante, entiendo que cada cual debe aspirar a comunicarse con un tipo de gente. Con la suya, Juan Madrid lo logra muy bien. Y no digamos nada de Corín Tellado... ¡Qué pena que no ocurra lo mismo con mi paisano Claudio Rodríguez!

A pesar de lo dicho, o precisamente por ello, soy consciente de que la verdad es multiforme, tanto como mis limitaciones para interpretarla. Apenas me doy cuenta, en cambio, de la amplitud de mi gozosa fortuna.
Acaso este camino (y recuerda que, según Borges,  el camino es siempre el que elige) no conduzca al reconocimiento y  la fama, pero, constriñéndonos a la creación, no creo que quepa más gloria, al menos para un hombre cuya pluma es de la más pura afición y, por suerte o por desgracia, arrastra una cadena diaria con diez eslabones pacientes de trabajo.

Iba a pedirte disculpas por el cariz que ha tomado esta carta, pero es la carta misma la que puede resultar incomprensible, de manera que lo dejamos correr, siguiendo la recomendación del poeta: "No lo toques más, que así es la rosa". ¿Y qué es la rosa?, dirás con interrogante recogido. ¿Y tú me lo preguntas? Pues la Rosa eres tú...

Un abrazo con nudos de amistad y de familia.

Mariano Estrada
12-05-96

 

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