|
Como
hablo mucho de Muelas, y encima se lo pinto tan bien, mis
amigos no tienen más remedio que ir a conocer sus encantos. José
Luis Ferris, además, había prologado mi libro “Trozos de
cazuela compartida”, que, queriendo o sin querer, es el que
exhibe una mayor variedad de vivencias relacionadas con la
naturaleza de aquel preciso lugar. Añadamos a esto que él había
estado con anterioridad en Galende -pueblo sanabrés relativamente
cercano-, y, en consecuencia, ya tenía una idea aproximada
de lo que iba a ser el paisaje; de otra parte, el paisaje es un
elemento que destaca especialmente en “Hojas lentas de Otoño”,
libro del que luego habrá sobradas noticias.
Con
tales antecedentes, y la familia en un rover azul, hizo su entrada
en Muelas una tarde de agosto. Luego recorrimos determinados
parajes de la zona, nos bañamos en el hielo del Fontirín,
comimos sopas de unto con pimiento “okal”, tomamos aguardiente
de guindas, oímos las hojas de los chopos estremecerse en la
noche, y hablamos, hablamos... Pero no lo suficiente,
como cabe deducir, porque sólo unos días más tarde yo le
escribía esta carta:
Querido José Luis:
He vuelto sobre las hojas
de nuestra reciente contemplación que, para mí, alcanzaron su
lenta plenitud en un pasado próximo de otoño. Y, efectivamente,
el libro es un arriate de títulos: Hojas de roble, Labios de la
piedra, Lenguas de ceniza, Rastrojos de memoria... Y así,
"ad infinitum", desde
el Norte (oscurecido) del invierno, llevados por La pena original,
hasta el Paisaje (gozoso) de la muerte.
Por otra parte, también he constatado esa paciente lentitud no ya
de las hojas, que es pura alegoría, sino del tiempo: esa sucesión
de círculos que componen la vida y la madera. He constatado esa
lenta transfiguración, ese atemperado crecimiento hacia el polvo
y el humo, que viene a unir al hombre con su arraigado paisaje. Y
esto ocurre en otoño,
antes de que el río arrastre la seroja hacia un invierno de nieve
y soledad, donde está la
desnudez plena del alma. Hojas amorosas. Hojas de nostalgia y
de felicidad. Hojas de carne. Hojas de tiempo y de dolor. Hojas
lentas de otoño.
Con ello no quiero decir, ni mucho menos, que el título sea
intocable. Regresando de aquella incursión por los hermosos
parajes de "la selva zamorana" (bosque urdido de robles
y de euforia que en Muelas llamaríamos escajo), ya te di mi opinión
sobre el tema: no tengo especial interés en mantener ese título.
Eso sí, a pesar de
ser escasa su capacidad impactante, no dejo de considerarlo poético
y definitorio, lo cual no es baladí
tratándose de un libro de poesía, máxime sabiendo que
las dianas en las que hay que impactar no son precisamente
numerosas. Claro que, con ojos de editor, ése es justamente el
motivo por el que hay que dar en el centro. Y así me consta.
Durante vuestra estancia levísima en los pagos de mi nacimiento,
tan grata para nosotros y en la que hice de Cicerone más o menos
afortunado, se produjo un cierto descuido en relación con el
libro de las ya polémicas hojas: debí llevarte al punto en el
que yo, desde mi cálida patria levantina, que es también la
tuya, asenté la soledad para extender el corazón en el paisaje,
que es tiempo y espacio, que es pasado y presente, que es niñez,
que es raíz sin tallos de futuro...
(Tú sabes de sobra, y ahora más que nunca, que mi pena se
reparte entre hormigones y abandonos). Debí llevarte a ese punto,
espacio de la muerte y de mis padres, donde yo me situaba para
volver a esa casa que conoces, antes por mis versos y ahora por
sus piedras de felicidad.
Un abrazo amigo
Mariano Estrada
|