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Muy
Señor mío: sus esfuerzos por mantener nuestro idioma en
un estado de dignidad permanente me parecen verdaderamente
encomiables, y usted merece por ello
un reconocimiento más amplio que el que le puedan ofrecer
sus agradecidos lectores. Dicho lo cuál, paso a exponerle una
pequeña cuestión que, aunque le llegue con la
apariencia del convencimiento, tiene el carácter real de
la consulta, pues se puede estar al tiempo convencido y
equivocado.
El
pasado día uno de Julio, en la sección de Opinión del diario El
País, leí
un artículo suyo, titulado Desde
el proscenio, que se centraba en remarcar las diferencias
entre los significados de las palabras asequible y accesible,
aunque no exclusivamente. Como es obvio, yo estoy totalmente de
acuerdo con sus aclaraciones. No obstante, al rebufo de las
mismas, ha utilizado usted un vocablo con una acepción que, a mi
modo de ver, se sitúa en la raya de lo poco recomendable, por más
que, siendo fronteriza, deba considerarse correcta.
Desde mi modestia en el conocimiento de la lengua española
-de la que soy un devoto cultivador, que no un filólogo-,
yo no recomendaría la utilización de tal palabra con la
acepción que usted le ha dado ni siquiera en una expresión
familiar,
lo cuál no es óbice para que venga convenientemente
recogida en los diccionarios, especialmente en los de uso del
idioma, sea el de María Moliner o el de Manuel Seco, que usted
alude y
para eso están.
Pero
vamos al meollo: viene usted a decir que las palabras asequible y
accesible se utilizan a menudo sin precisión, incluso
indistintamente, convirtiéndose en irreflexivas sinonimias. Y añade
posteriormente que No
necesitan ayuda para triunfar, por su vulgaridad, y el Diccionario
académico acabará entrándolas bajo palio. Pues bien, yo no
dudo de que ellas acaben entrando
donde tengan que entrar,
aunque sea vestidas de arzobispo;
en lo que no estoy muy conforme es en que las entre
el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, por
mucho que las entre
bajo palio. Prefiero a todas luces que ese Diccionario las meta
donde las tenga que meter y las
tutele cuanto las tenga que tutelar
Pero, por Dios, que en ningún caso las entre
ni las salga, si es posible, ya que en ambos actos se hiere la
sensibilidad de los que amamos el lenguaje como si fuera la
alforja de nuestro camino. Y fíjese usted bien, don Fernando, yo
amo tanto el lenguaje que acepto cambiar de opinión si su
respuesta, razonada y convincente, me hace caer de la burra. Cosa
que se me antoja difícil, incluso para usted. Dicho sea con
cierta dosis de humor, pero también con mucho respeto. Un cordial
saludo.
Mariano
Estrada Vázquez
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