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CARTA A :

D. Fernando Lázaro Carreter
Miembro de la Real Academia de la Lengua

 

Muy Señor mío: sus esfuerzos por mantener nuestro idioma  en un estado de dignidad permanente me parecen verdaderamente encomiables, y usted merece por ello  un reconocimiento más amplio que el que le puedan ofrecer sus agradecidos lectores. Dicho lo cuál, paso a exponerle una pequeña cuestión que, aunque le llegue con la  apariencia del convencimiento, tiene el carácter real de la consulta, pues se puede estar al tiempo convencido y equivocado.

 El pasado día uno de Julio, en la sección de Opinión del diario El País,  leí un artículo suyo, titulado Desde el proscenio, que se centraba en remarcar las diferencias entre los significados de las palabras asequible y accesible, aunque no exclusivamente. Como es obvio, yo estoy totalmente de acuerdo con sus aclaraciones. No obstante, al rebufo de las mismas, ha utilizado usted un vocablo con una acepción que, a mi modo de ver, se sitúa en la raya de lo poco recomendable, por más que, siendo fronteriza, deba considerarse correcta.  Desde mi modestia en el conocimiento de la lengua española -de la que soy un devoto cultivador, que no un filólogo-,  yo no recomendaría la utilización de tal palabra con la acepción que usted le ha dado ni siquiera en una expresión familiar,  lo cuál no es óbice para que venga convenientemente recogida en los diccionarios, especialmente en los de uso del idioma, sea el de María Moliner o el de Manuel Seco, que usted alude y  para eso están.

 Pero vamos al meollo: viene usted a decir que las palabras asequible y accesible se utilizan a menudo sin precisión, incluso indistintamente, convirtiéndose en irreflexivas sinonimias. Y añade posteriormente que No necesitan ayuda para triunfar, por su vulgaridad, y el Diccionario académico acabará entrándolas bajo palio. Pues bien, yo no dudo de que ellas acaben entrando donde tengan que entrar, aunque sea vestidas de arzobispo;  en lo que no estoy muy conforme es en que las entre el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, por mucho que las entre bajo palio. Prefiero a todas luces que ese Diccionario las meta donde las tenga que meter y las  tutele cuanto las tenga que tutelar  Pero, por Dios, que en ningún caso las entre ni las salga, si es posible, ya que en ambos actos se hiere la sensibilidad de los que amamos el lenguaje como si fuera la alforja de nuestro camino. Y fíjese usted bien, don Fernando, yo amo tanto el lenguaje que acepto cambiar de opinión si su respuesta, razonada y convincente, me hace caer de la burra. Cosa que se me antoja difícil, incluso para usted. Dicho sea con cierta dosis de humor, pero también con mucho respeto. Un cordial saludo.

Mariano Estrada Vázquez

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