Cristina
es una joven actriz que ama la poesía y el teatro. El día de su boda
me pidió que le escribiera un poema, pero yo en aquel momento había
cortado el grifo de la lírica: de hecho, no he vuelto a escribir poesía
desde entonces, entendiendo la poesía en un sentido meramente formal. Y
el caso es que ella irradiaba felicidad y yo estaba allí, en su boda. ¿Qué
hacer? Decidí escribirle una carta de felicitación, que en realidad es
una opinión sobre el matrimonio. Y aunque sé que le gustó, pues ella me
lo dijo, tengo el íntimo convencimiento de que no ha quedado conforme.
Claro que la vida es muy larga y yo volveré donde solía...
Mariano Estrada, 03-03-2001
Querida Cristina:
No sé si esta carta colmará tu petición y, sirviendo a dos amos a la
vez, bastará para aliviar mi agradecido compromiso. Sin embargo, no
olvido que me pediste un poema. ¿Cómo iba a olvidarlo si vestías de
felicidad y de novia? Razones de simplísima oportunidad
me hicieron ver después que sólamente la carta podía ser inminente. De
modo que aquí estoy, abierto y tuyo, con el cariño más tierno y la
pretensión de una prosa íntima y quintaesenciada.
Y ya desde esa nube , como un perito en lunas conyugales (y tal vez con no
poco desparpajo), voy a poner en tus ojos mi particular punto de vista:
Aparte de las aguas de rabión y turbulencia, a las que uno se arroja sin
pensar en los primeros auxilios, lo mejor que te puedo decir del
matrimonio es que llevo ventiún años casado. Por ellos ha pasado la lógica
y ha dejado un poco de todo: amor, desencuentro, tribulaciones,
papanatismo... A fín de cuentas, y salvando lo que diga después, el
matrimonio es un empeño común que consiste en desplegar energías para
llegar a una compartida calma de viejo. En medio están los hijos que,
como amados retoños que crecen en la sangre, son los más claros
exponentes de un inevitable declive. Lo cual, llevando bien las cosas,
produce unos ribetes de alegría que en el fondo es conformidad y
consuelo.
Hay otros momentos de satisfacción, no siempre coincidentes con la
culminación de los logros materiales, e incluso hay ciertas lunas de
felicidad y de gozo, pero el canto más largo del connubio, el que
deja más ecos adheridos a la doble espalda, es el que suena en la
fuente cotidiana con sus aguas de costumbre y de monotonía: ésa que
Machado describió y sigue igual desde entonces. Allá, en la Soria del
Duero y de los pinos, y acá, en las espumas del mar y los almendros. La
realidad es así, obtusa y buena. Obtusamente buena. Si no hubiera un
martillo lacerante llamado enfermedad -cosa que desmiente la más
ruda estadística-, la lenta consunción del matrimonio, a la luz de un
futuro renovado y de una pertinaz filantropía, además de una noble
aspiración, acaso fuera un anhelo cabal e inteligente. Más aún:
un modo de alcanzar la plenitud.
O sea que, contando bien las habas -que es un cuento fácil si se pone
interés en la lectura-, y dado que habitas la inocencia, al extremo
apartado del peligro, no tengo otro remedio que ofrecerte mi sincera
felicitación y mis deseos más limpios y más altos.
Con un fortísimo abrazo
Villajoyosa, 28-09-96
Mariano Estrada Vázquez
Otros
documentos en esta sección:
Paisajes Literarios. La Web de Mariano Estrada.
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