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CARTA A CHARO

   Para entender correctamente esta carta, lo primero que hay que saber es que nosotros llamábamos patio a lo que en realidad era vestíbulo: grande, pero vestíbulo. Por contra, lo que hubiera debido ser patio, para nosotros era corral... Y claro, ¿cómo iba a quedar la casa sin patio? Mejor que se quedara sin vestíbulo.

  Ahora sí, ahora el corral es el patio y el patio es el vestíbulo, pero es porque mi hermana ha rehabilitado la casa y no la ha llenado de ovejas ni de gallinas ni de vacas ni de cerdos ni de conejos. Que de todo eso había. Además, también hubo un tiempo en que el corral asumía unas funciones relativas a las necesidades fisiológicas que ¡cómo iba a asumir si hubiera sido un patio!  Luego vino el retrete, e incluso el abandono paulatino de los quehaceres propios de una casa labriega, pero el corral ya era el corral y el patio era una íntima costumbre. En fin, que, patio o vestíbulo, éste fue un punto de la casa que, además de referente de nuestra niñez,  se hizo confluencia de los ríos de la familia, "que van a dar a la mar, que es el morir", en expresión oportuna de Manrique.

  El verano que siguió a la muerte de nuestra madre, tuvo un especial significado para nosotros, ya que la aceptación serena de este hecho sirvió para sentirnos, si cabe, más hermanos. Y ésa es la razón de esta carta, que, como luego se verá, tiene un final precipitado, ya que no totalmente interrumpido.

 Por último, digamos que los niños -tanto los ajenos como los propios-, quedaban de las adolescencias hacia abajo y, por tanto, el frente de la casa -o alargamiento del patio hacia la calle-,  parecía un parque móvil de bicicletas. De hecho, las vacaciones terminaron bruscamente porque el más travieso de ellos, Daniel, que entonces tenía 14 años, se salió de la velocidad que aconsejaban los pedruscos y se rompió la mitad de sus clavículas

 

Querida Charo:

    Recordando que el patio, con su larga prolongación hacia la calle, es el claro recinto de la niñez, más allá incluso de las generaciones y de los nombres, es fácil comprender el acerado desequilibrio que supone su profanación, aunque sólo sea con la simple recolocación de una mesa. Una mesa que, aun teniendo complicidades temporales y de vecindario, hería la sacralidad con su endeble materia constitutiva, su tamaño, su forma y, sobre todo, con la interposición, a su costa, de un evanescente e inusitado destino. Porque el patio es la antesala de la calle, el cordón umbilical por el que fluye la vida de la casa, hacia la casa,  la perpetuación de la inocencia y el juego, el principio de la conversación,  la convivencia, la puerta de la placidez, la aproximación a la gravedad y a la risa.

    Además de eso, y debido a su incuestionable frescura, el patio es una gran ensalada de verano, como bien recordarás, e incluso guarda en sus muebles algunas contingencias con la siesta, especialmente con la siesta del burro. Y sí, el patio asume estas íntimas funciones, y acaso muchas otras; lo que no puede asumir es una tabla con patas que acaso lleva en sí misma las limitaciones de un refectorio, como es la manducación del espacio.

    Y no es que no haya sufrido alteraciones, pues aún están en mi mente las irregulares baldosas de pizarra, procedentes de la cantera del "Llojadal", cuya magia no se limitaba a la belleza, sino que se había substanciado originalmente en una jubilosa complicidad con los niños. Dicho de otro modo: por voluntad del cantero o del solador y, de la calle a la cocina, el patio era una enorme rayuela. Rayuela que Talita no pisó y no ensalzaron los dioses, pero que hubiera encandilado sin duda al mismo Julio Cortázar. Hay que recordar también que, como el patio corriente (el que tiene luz por arriba), la rayuela va de la tierra hasta el cielo. Y ahí entronca con Borges: "el patio es el declive por el cual se derrama el cielo en la casa".  Y entronca bien, pues rayuela significa siempre ida y vuelta.

    Pero si, maliciosamente, lo que buscamos es un hilo de complicidad, habría que airear a los vientos, como haría Sánchez Dragó, que los canteros eran todos masones. Aunque esto último sobra, pues dada la situación geográfica de la casa y sus egregios sillares de aplomada  piedra, nos podría aproximar a los Templarios a través de los caminos del Apóstol: ése que, donado por Justel, vimos los de Muelas en Astorga, Palacio de Gaudí o del Obispo, en este agosto de gracia en que visitamos las ruinas de la Séptima Legión, acompañados de un poeta mediterráneo, nuestro amigo José Luis V. Ferris.

   Ya ves, Charo, lo que da un patio de sí. Y ello sin entrar en cotilleos, anecdotarios o menudencias. Tú sabes que es un patio redondo, metafóricamente redondo, claro está, si bien de geometría trapezoidal, y en su centro confluyen otras magias que, llamadas también espiritismos y procedentes de Cuba, huyeron para siempre con las losas: aquéllas que formaban la rayuela y que el Abuelo "purificó" para limpiar el veneno de la víbora: "Asperges me hyssopo, et mundabor". ¿No recuerdas el cuento? Magias eventuales, que no alcanzaron el patio sino para exorcizar al demonio que había entrado en la víbora que había entrado en ti y con la que tú, tranquilamente, jugabas. Magias emanantes del cuarto de mis miedos, con sus libros, su alcoba tenebrosa, su viejo escapulario, su oscuro aparador de rinconera...

   Pero vamos a ese banco de sombra, levantado por la noche con retazos de conversación, claridades íntimas y prófugas estrellas, ese banco de amor y soledad, sobre el que mandan las hojas de los árboles sus verdes sinfonías, sus ocres anticipos del otoño, y los niños un concierto de felicidad y  disonancia. Banco erigido en la penumbra que arroja el contraluz fuerte del patio. Banco de risa y de dolor, patio alargado y alargada sombra, tiempo merecido y compartido espacio de gozo. Hace poco probamos esa miel, ¿recuerdas?, esa miel de paz que floreció en la piedra o en el roble, no en el brezo. Y hace un poco más, muy poco, la miel fue lúgubre y amarga: de ahí los ribetes de dolor de un patio hecho calle que siempre fue de amor y de familia. Por eso he sido este año doblemente feliz, porque el dolor, ya nuestro todo, ha templado la sangre que nos une y ha sentado raíz en ese patio nuestro, prolongado en las losas y en los años, casi encallecido,  compendio de una casa con vigas de madera, tejados de pizarra, muros de granito, huerta con árboles y pozo, corral, panera, horno, cuadras... Una casa alegre y luminosa, incluso en la desolación larga del invierno, con sus cálidos corchetes de calefacción,  antes cepas de urz o simple leña de roble.

   Me ha llamado Daniel con el encargo de aliviarle la espalda y, al hacerlo, he visto delante de la casa un prolífico huerto de bicicletas. Son ramas genealógicas, prolongación mecanizada de los hijos: lisis y raqueles, danis y guillermos, marinas y tomases, jesicas, celinas y otras amistades del entorno, estribaciones lúdicas del macizo ancho del patio, a veces con fragmentación de clavícula.

   Nada más, Charo, el próximo fin de semana estaré otra vez con vosotros, aunque sólo sea anímicamente. Y a propósito, las tardes de Peregrina, degustado ya el pulpo y si es propicio el tiempo, son inmejorables para sentarse en el banco de la puerta y merecer despacio la calle, que es el patio, que es la intimidad de cada uno, compartida y exteriorizada.

Un fuerte abrazo.

Villajoyosa, 27-08-95

 

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