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BERKELEY
Lo
mismo que hubo un tiempo en que me dio por enamorarme, y entonces leía a
Prust, a Goethe o a
Bécquer, hubo otro en que me dio por cultivar el pensamiento, y
entonces leía a Rusell,
a Sartre, a Kierkegaard... Leía incluso a Berkeley: ese obispo
irlandés, metafísico y estrafalario, al que alguien le tuvo que decir
que, por más que se creyese una idea, tuviera la precaución de apartarse
cuando se precipitara sobre él otra idea más grande y más corriente con
la forma vulgar de un autobús.
Y
no es que yo hiciera un soneto después de cada lectura,
es que el inmaterialismo de Berkeley
me pareció una idea realmente redonda. Después leí en Ortega que
la poesía era un medio magnífico para llegar al conocimiento, pero el
soneto ya había sido redondeado. Con el conocimiento de Berkeley, no con
el mío. De esto ya hace mucho, tanto que aún
las flores de España no se habían abierto a la polinización
continental ni el Estado gravaba las facturas con
IVA.
IVA: dentro de una afición general a la lectura, el venate filosófico
pudiera parecer un sarampión de juventud;
lo que pasa es que fue tan virulento y desenfrenado que,
finalmente,
me llevó a matricularme en la Facultad de Filosofía y Letras de
La Universidad de Alicante, allá por el final de los setenta. Pero,
vamos, ¿quién no se ha dejado llevar al huerto alguna vez, después de
ver la luna derramando terciopelo
sobre los
albaricoques? El soneto es éste: BERKELEY.
ES DECIR, SU IDEA. En
esta soledad abrumadora, Existe
o no el reloj que da la hora, Filósofos
que hubo antes de ahora Negaron
el reinado soberano Mariano
Estrada (De El Limón Hespérico)
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