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Ahora que el hombre occidental, felizmente liberado de antiguos sometimientos y de opresiones atávicas, ha alcanzado una posición de privilegio para emprender con dignidad, e incluso con deleite, el inescrutable camino del futuro,  viene la televisión con su escandalosa rebaja (Hasta hace poco, el de la rebaja era Paco, que venía con sus partidos de fútbol  y sus corridas de sangre y de toros.  Ahora hay mamporreros de la sensibilidad y vienen con cornadas en el corazón). Es cierto que la sociedad occidental, salvo minorías marginales palmariamente infaustas, se ha nivelado bastante, pero... ¿Por qué culturalmente se tiende a nivelar por abajo?  ¿O es que la bandera de la igualdad se refería sólo a los primeros auxilios y a sus consiguientes
glorias efímeras?. ¿Siempre ha de haber un tapón para la lógica fluencia de las corrientes sociales? ¿No está claro ya que la telebasura es un opio en el que se ablandan soporíferamente las voluntades y las inteligencias? ¿No hay otra esperanza que este adocenado   y repetitivo presente de televisión? ¿No hay ocasos de enriquecedora y relajada convivencia? ¿No hay amaneceres de plenitud y poesía? ¿No hay estrellas más altas que las que arrastran sus colas de vanidad por los platós interminables de esa caja de resonancias del exhibicionismo, del marujeo y de la cotilla?

Yo quiero expresar desde aquí que con ese comportamiento blandengue y sometido de las mayorías sociales, en el que se diluye tristemente una irreprochable y todavía tierna memoria,  les estamos haciendo el caldo gordo a los que, cubiertos por los fusiles de la cutredad y las tanquetas de la chabacanería, detentan el poder con una comodidad de la que tal vez no disfrutaron los más refinados aristócratas, los más empedernidos burgueses y los más recalcitrantes caciques.

Bien sé que el cultivo intelectual -del mismo modo que el físico, hoy tan en boga-, entraña una apriorística y decidida voluntad y un posterior y renovado esfuerzo. A veces un esfuerzo muy grande. Pero no es menos verdad que con ello se conquistan territorios bellísimos y fértiles: espacios de contemplación, sutiles vientos de calma, lazos de humanidad, campos de luz y  de conocimiento, inquietudes, pálpitos de
vida... Y, en todo caso, territorios inmensamente más ricos que un altisonante  programa de televisión en el que  la meta es el cuerpo zascandil (o el rostro sensiblero o el prostituido corazón, que tanto da) de determinados personajes "telebazóficos" que, por lo común, exhiben un paisaje cultural desangeladamente agostado. Dicho sea por si alguien necesita un empujón para cambiar de canal o de programa. E incluso para darle una patada a la tele, porque cada día es más palpable que la calidad técnica de este medio de comunicación es inversamente proporcional a la de sus embrutecedores programas. Queden a salvo, no obstante, las honrosas excepciones que harán valer esta regla.

Mariano Estrada

 
 
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