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Si
os dijera que el amor es un derrame de luna emancipada, que lo
alcanza todo y todo lo conmueve; que es tierra y floración y
linfa numinosa; si os dijera que el amor es un remanso
acomodado en la pasión cumplida, ceniza elemental de lumbres
ciertas,
potro de ignoradas mansedumbres, tarde clara, luz sin
oropel
y renovada semilla del misterio, vosotros me diríais, con
razón,
que encierro más locura en el caletre que el ala más
tocada del manicomio.
No
obstante, es así, yo creo que el amor es un efluvio de relámpagos
desencadenados, pero también la templanza de una madre en la eclosión del tiempo. Y puede
ser el agua de la lluvia en el renvalso de las sonrisas o la forma
de los labios en las desembocaduras de la sangre. Yo creo que el
amor es ofrecer el corazón a los desplantes de las almas
fronterizas y desheredadas y el dolor que sobrevuela el amasijo espeluznante
de los accidentes. Yo creo, en fin, que
amar es comprenderse en el amor y que éste nos sitúa más
allá de nuestra humilde condición de mortales.
Si
no existiera una visión etérea del amor, ¿qué sentido tendría
la visión apocalíptica que vais a oír ahora mismo de los labios
de este anciano chismoso de catorce versos?
APOCALIPSIS
Yo
veo en el amor una paloma
que
sangra por las rosas olvidadas,
los
besos, las caricias, las sagradas
maneras
de querer de una persona.
Lo
mismo que un trigal que no se abona,
un
lirio o una fuente abandonada,
igual
que los ocasos, inclinada,
sumida
en el dolor o la carcoma.
Yo
veo en el amor una paloma
doliente,
diminuta, desmayada,
con
una flor de frío en la mirada.
La
veo caminar por donde asoma
la
ruina persistente y desbocada
o
el beso perentorio de la nada.
Mariano
Estrada
De
El Limón hespérico
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