|
En
uno de los pueblos por los que yo extendí la niñez, que fueron
varios, había una persona sin oficio ni beneficio que,
naturalmente, gustaba de lo ajeno en la medida en que carecía de lo
propio. Los vecinos del lugar, que tampoco iban sobrados en hartura,
se mostraban avaros de lo suyo, aunque no sin una cínica
conmiseración hacia el "mangante", pobre hombre, que en
realidad era un tonto del que Cela hubiera dicho que babeaba una
mucosa gris, que se adornaba el pescuezo con ortigas para
impresionar a los niños, que magreaba a las burras que el destino
le ponía ante los ojos y que, cuando se presentaba la
ocasión, chupaba ansiosamente del pletórico pezón de los
rumiantes/hembra en estado de amamantamiento. Pero tanto va el cántaro
a la fuente... Bueno, digamos que un mal día, a modo de admonición,
las autoridades le pasaron una soga por donde a él le circulaban
las masticaduras... Y no hubo más: el susto solamente. Claro,
y el más largo arrepentimiento que, dadas las
circunstancias,
le podía permitir el estómago.
Los
versos que dejo a continuación -tan viejos como elementales-, se
inspiran en esta historia triste que yo viví de cerca cuando el
mundo era un pololo de felicidad.
Evidentemente la falsifican y la reinventan hasta el punto de
que cualquier parecido con la realidad hay que buscarlo en la soga.
Supongo que
para expresar mi rechazo a un hecho inaceptable e
incomprensible. ¿Absurdo? Puede, no sé lo
que diría Freud de este caso, ni cómo lo teatralizaría
Ionesco.
APANDAVIGAS
Me llaman apandavigas
porque llevado a la horca
por juez y fuero,
se vino abajo el madero
del que pendía.
¡También fue suerte la mía!
Parece
broma,
mas fue una muerte segura
lo que evitó la carcoma:
la viga estaba podrida.
Lo
negro de esta aventura
estuvo en la confesión
que le hice al cura.
Le dije: "Padre,
yo no me siento culpable,
tan sólo sucio".
Y
sucio estaba a montones:
el miedo, que no es pecado,
me había manchado
los pantalones.
Mariano
Estrada
De El Limón Hespérico
|