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ANTIGLOBALIZACIÓN

  Está claro que al movimiento antiglobalización le sobran determinadas exageraciones, especialmente en las formas. Pero no le falta razón. Al contrario, al dinero hay que pararle los pies para que la globalización, hasta ahora bicoca de unos pocos, se convierta en riqueza universal, ecuménica, generalizada. ¿Es eso posible? No sé,  si el beneficio no alcanza a los desheredados, la globalización es exactamente una mierda. Eso sí, una mierda que perpetúa el poder y el enriquecimiento de las multinacionales y denigra profundamente a la humanidad, la cuál se  verá sometida a una terrible depauperación, a una nueva forma de esclavitud, a un acoso moral sin precedentes, a un silencio trufado de indignidades.

  Dice Ernesto Sabato en su último libro publicado, La Resistencia, que "nos salvaremos por los afectos". Pero a lo mejor no es verdad, a lo mejor nos salvamos por el tesón de unos jóvenes cuyo patrimonio es ante todo la rebeldía. Tal vez el mundo ha adquirido estos tintes y derroteros porque el binomio juventud-rebelión,  matrimonio que creíamos indisoluble, se ha disociado peligrosa e incomprensiblemente. Los jóvenes deben ser  siempre la esperanza, que, ligada a la vida, es principio activo. Qué importa lo que lleguen a ser, ahora son jóvenes y rebeldes. Y deben manifestarse como tales: con limpieza de corazón, con pensamientos no contaminados y con amor a los semejantes. Deben decir que no, deben poner zancadillas al desafuero, deben evitar que el futuro les obligue a ser sinvergüenzas, es decir, ejecutivos a sueldo de cualquier institución en la que mande el G-8, sea Estado, multinacional o un híbrido deforme de estas dos cosas.

  Globalización, sí: de la variedad y del equilibrio, respetando escrupulosamente los valores naturales y al servicio de las mujeres y los hombres; nunca del dinero, que tiende a acumularse en ciertos puntos a los que, casualmente,  nunca llegan los menesterosos. ¿Y cómo van a llegar, señores míos,  si se trata de paraísos privados en los que ya no entra ni Dios? La codicia de algunos puede ser infinita, hay que ponerles coto. Yo les diría a los jóvenes del mundo que en las elecciones de sus respectivos países votaran todos en blanco. Como principio de una rebelión más profunda, ésa sería la rebelión de las papeletas. Ya verían ustedes cómo empezaban a civilizarse esos depredadores sin sentimientos y sin escrúpulos a los que Hobbes llamó lobos, tal vez insultando a unos hermosos animales que, mira tú por donde,  hoy necesitan ser imperiosamente protegidos.

  Mariano Estrada, 21-07-2001

 
 

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