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ANTES QUE INSTANTES

REFLEXIÓN SOBRE UN POEMA ¿DE BORGES?

  El poeta J. L. Borges, cuya personalidad  fue tan grande como contradictoria, es uno de los escritores en los que ha descansado más tiempo mi admiración. Y ello a pesar de las agudas metamorfosis de su pensamiento -algunas de las cuales le alejaron injustamente del Nóbel-,  y de las escandalosas boutades literarias con las que a menudo se solía despachar, ya fuera a costa de Quevedo, de Cervantes, de Lugones, de Whitman, de Chesterton o de William James.

  No es raro, por consiguiente, que a la provecta edad de 85 años, escribiera un prodigioso poema -cuyo título es "Instantes"-, en el que queda plasmado no sólo su espíritu de contradición, ya en boca de todos, sino también una abjuración meridiana de sus propios hechos. Eso sí, desde un condicional socorrido: "si pudiera volver a vivir",  y  desde una resignación edulcorada y sospechosa: "pero ya ven, tengo 85 años y sé que me estoy muriendo".

  No dudo de que Borges, en esa hora exacta en que se supo prescindible y minúsculo, escribiera con sinceridad  este poema; un poema, por otra parte, que encierra en cada linea el mordiente de la transgresión. Sí creo, no obstante, que la musa de los paraisos interiores le volvió a tender otra trampa, una más, en la que él vino a caer de forma muy complaciente. Claro, desde el ofrecimiento de volver a vivir -que sólo puede hacer un diablo de añoradas dominaciones-, ¿quién rechazaría un revival con todos los momentos  bonitos? Si se trata de un deseo sin contrapartida, ¿quién rehusaría ser más tonto, relajarse más, cometer más errores, hacer más viajes, andar descalzo desde el principio de la primavera?

  Y no sé, no sé,  quizás haya una edad para el arrepentimiento, pero a mí no me ha alterado aún la disposición originaria de las células. Es más, desde esta edad de ahora, cincuenta y dos años cumplidos, yo no puedo sentirla como mía,  ni siquiera en un remoto  futuro.  Las cosas  con las que no me siento conforme, que son muchas, son también aquellas de las que uno no puede arrepentirse cuerdamente: la bellosidad excesiva, el riñón único, la necesidad imperiosa del trabajo,  la estatura...

Y llevado al territorio de lo posible -es decir, al tiempo del que uno verdaderamente dispone-, quién sabe, puede ser que un día me arrepienta de las horas que, por cuenta de vivir, me  he pasado escribiendo. Puede ser, incluso,  que las llore en un poema íntimo y sentido. Pero no será un recuelo de verdad,  o no del todo, pues más verdad es  la vida del presente y ahora mismo me ocurre que, si dejo ahogar la voz en la saliva, soy un hombre infeliz.

No, no creo que este poema sea realmente de Borges. No lo es ni siquiera en el estilo

Mariano Estrada

 

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