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Selección
de poemas realizada para el Ciclo de Poesía ALIMENTANDO LLUVIAS,
organizado por el instituto de Cultura Juan Gil-Albert de la
Diputación Provincial de Alicante, encabezados por un MANIFIESTO LÍRICO
que completaba el programa. Año 1998.
MANIFIESTO
LÍRICO
1.- Siempre he pensado que
escribir poesía es un acto de la voluntad antes que un regalo de la
inspiración, razón por la que he podido afirmar que, para
enfrentarme a ese toro, " yo no entiendo de ritos, como no sea
el de ponerse delante de un papel y de mirar hacia adentro para
extraer una vivencia sedimentada, una rosa incorrupta, una paisaje añorado,
un dolor, un gozo, una sombra vieja que ha medrado en el vértigo y
la noche". ¿Qué es, por tanto, la inspiración, sino una dama
obsecuente y generosa, abocada a la eclosión y al abrazo?
2.- En el acto de la creación
literaria (instante que anhela el infinito y, como éste, se
alimenta del concepto de eternidad, acaso de divinidad), suele
irrumpir una fuerza irracional que arrastra el pensamiento,
pasmosamente dócil, por llanuras, vericuetos o
anfractuosidades. Intentar canalizar esa fuerza por acequias de razón,
puede tener el efecto de desvirtualizar la apariencia, pues no otra
cosa es convertir un chaparrón en sirimiri, pero ¿hay algo más
noble y más fructífero que transformar la violencia de
los truenos, que incluye una amenaza de destrucción, en una
lluvia serena y apacible, que alcance el mesenterio de la
fertilidad?
3.- En el proteico almacén de mis
deseos literarios, espacioso lugar que a menudo empequeñece la
obsesión, jamás ha figurado el que pudiéramos tildar de
pedagógico, ni siquiera disfrazado de necesidad o de exhibicionismo
¿Cuál es, entonces, el deseo que me ha impulsado a escribir, toda
vez que detrás de cada sílaba, consciente o inconscientemente,
subyace una segura vocación de proyectarse en el otro? No sé, tal
vez es un deseo de conectar con la tierra que, como esencia que le
es inseparable, es la forma más ancha de conectar con el hombre. El
hombre es tierra pensante y transitoria, pero tierra inmemorial y,
por lo tanto, trascendente. La carne, incluso la forma, es un
mágico instante de ese tránsito. Agua que pasa, tiempo que fluye y
que transcurre, viento que asola y regenera...¿Hacia dónde?, ¿para
qué?... La materia tierra ¿es vida en sí misma?, ¿es vida
prestada?, ¿es acumulación de energías?, ¿es generador, es
abono, es savia permanente?...
Cuando
estas cosas se puedan contestar, en el libre almacén de mis
anhelos literarios acaso se inscriba el pedagógico. Mientras tanto,
lo que a mí me apetece es roturar; es decir, romper con el bolígrafo
lo que el labrador ha roto siempre con el arado: el himen de esta
madre fértil y majestuosa cuya esencialidad es el misterio y cuyo
nombre es Tánit o belleza. Para eso escribo, para llenar el
pensamiento de arañazos donde puedan multiplicarse la satisfacción
y las interrogaciones. Lo demás es pasatiempo, chisme,
parafernalia, y, como mucho, humo que los hombres manteamos
para darnos apariencias de vida.
4.- De unos años acá, se ha hecho
imprescindible la aportación de dos sueldos a las necesidades
económicas de la familia, cosa que, paradójicamente, ha
contribuido a su disgregación de una forma abultada. Esta es la razón,
supongo, por la que la Poesía no me ha dado el portante. ¿Cómo
iba a hacerlo si, lejos de engordar el procomún, la pobre no
dispone de un mayor beneficio? A estas alturas, y más por el camino
que vamos, casi estoy seguro de envejecer junto a ella, hecho
realmente delicioso del que hoy suelen darse muy salvos ejemplos.
5.- Muelas de los Caballeros (Zamora),
es la representación geográfica de mi niñez; su símbolo es un
roble. Madrid, aposento hospitalario y transitorio, fue un
paso hacia el mar: este mar de luz que me ha dado Villajoyosa.
MARIANO ESTRADA VÁZQUEZ

AÚN TENGO EL AMOR
Yo tengo en el recuerdo la pureza
del verso, de la rosa, del rocío;
yo puedo regresar al mismo río,
tener en el hogar la misma pieza.
Yo tengo en un rincón de la cabeza
el fuego del amor, que fue tan mío;
el beso, la pasión, el desvarío,
los pasos que se dan con ligereza.
Yo tengo un corazón en la corteza,
un vuelco en la razón hacia el vacío
del tiempo, que no acaba, que no empieza.
Yo tengo en el recuerdo la certeza
del sol, de los calores del estío,
del rojo de la sangre y la cereza.
(De El Cielo se hizo de amor, 1986)
SE
ME PONE EL ALMA
Se me pone el alma
solitaria y triste,
descreida y vieja,
porque nadie admira,
porque nadie escucha,
porque nadie sueña.
Porque nadie sabe
mantener el fuego
con aquella leña
que nos dio calores
que nos dio esperanzas
que nos dio creencias
Y la vida pasa
como pasa el hombre
que no tiene señas:
sin dejar constancia,
sin hacer ovillo,
sin hacer madeja.
Sin dejar tampoco,
como deja el aire,
como el agua deja,
una marca honda,
una huella firme,
una firma cierta.
Pues si fuimos fuentes
con el agua limpia,
con el agua fresca,
ahora somos pozos
con el agua turbia,
con el agua negra.
Ojalá los hombres,
ojalá las cosas,
ojalá las bestias,
me trajeran sueños
de la Edad de Bronce,
de la Edad de Piedra.
Donde hubiera arraigo,
donde hubiera calma,
donde el tiempo fuera
el reloj callado
de las grandes horas,
de las horas muertas.
Pero nadie sabe
de ese pauso sueño
que nos da paciencia,
porque todo urge,
porque todo empuja,
porque todo aprieta.
Y el aprieto agobia
y el agobio mata
y la muerte entierra
los amores hondos,
los quereres dulces,
las sonrisas tiernas.
Pues las ansias mueren
y las glorias pasan
y las prisas dejan
a los hombres solos,
entre sueños vanos
y palabras hueras.
Que los pies se cansan
y los cuerpos sufren
y las almas quedan
como el alma mía,
solitaria y triste,
descreida y vieja.
(De Vientos de soledad, s.p.)
¡QUÉ
PENA!
Qué pena tengo en los campos
rendidos a la maleza.
Qué pena tengo en las hoces,
qué pena tengo en la siembra.
Y en los caminos truncados
¡qué pena!
Qué pena tengo en los surcos
borrosos de las roderas;
y en las sonatas del carro
y en el jaez de las yeguas.
Y en las veredas del río
¡qué pena!
Qué pena tengo en los ojos
de remirar tanta ausencia:
manales, zachos, traíllas,
bigornias, entalladeras...
Y en los olores del heno
¡qué pena!
Qué pena tengo más honda
en el hondón de la huerta:
tomades, habas, cebollas,
patatas, ajos, cerezas...
Qué pena y pena más grande.
¡Ay, ay, qué pena!
Del pozo que daba el agua,
del agua que era tan buena.
Y del caldero herrumbroso
que aún pende de la polea.
(De Trozos de cazuela compartida, 1991)
TE
DIRÍA
Te diría que templaras el acero
refundiendo el corazón
en una artesa antigua de sangre,
que ocuparas el dosel de la caricia añeja,
que fueras el temblor de lo vital, de lo sagrado,
levadura del pan, perfume bueno.
Te hablaría de palomas mutiladas,
de gérmenes truncados por la mala yerba,
corazones desangrados por las aves de rapiña y
dejados gavitar hacia una muerte en sombra.
Te hablaría del desierto, del vacío,
del tren que no es un tren
si no lo espera nadie,
del escaso dios que deja
la batahola gremial de los
narcóticos.
Te hablaría del infierno, si supiera.
Pero yo, constante humo,
me he esparcido en el aire y...
ya ves, ya ves...
Sólo se hablar de la rosa.
(De Azumbres de la noche, 1993)
ME
DAS LA MIEL
Me das la miel en hojas de nogal
y de ternura,
que dejan en mi boca una extendida llama.
La noche trae aromas de jazmín y brea,
arrullos de navío y oleaje
y lunas reflejadas en un mar de almendro.
Tus manos depositan sobre mí
un río de calor que desemboca en lluvias.
Te beso.
Te beso con laureles espaciosos
que cubren tu esplendor de delicadas lenguas.
Te beso en el placer, en el dolor,
en la desnuda inflorescencia
en que palpita el labio.
Y más...
En las gollizas abisales,
donde se abren los lirios del amor,
y arranco de tu cuerpo
los rizomas más tiernos de la dicha.
(De Desde la flor del almendro, 1995)
A
UNA RAMA
Frente a esa claridad,
frente a ese monte, donde todo
es elocuente y gárrulo,
tú, árbol preterible, rama íntima,
me ofreces una flor
que desmorona el tiempo
y reconduce la mirada.
Ahí, en ese humilde tronco,
donde ya ningún hacha se detiene,
yo he injertado la luz de la pupila.
Y me siento mejor
porque te alumbro y amo.
Y comprendo mejor, porque los ojos
me crecen saturados de inocencia.
(De Hojas lentas de otoño, 1997)
INVIERNO
Ha dejado el otoño
desnudas arboledas, témpanos
de nieve, viento frío...
Las calles amontonan soledad
y los intensos chaparrones
han tejido en mi alma
tremedales de barro.
Me refugio en las íntimas
estancias del amor
-donde persiste la memoria-
y opongo a esta humedad
las llamaradas de la leña.
Pero...
¿Quién templará mi corazón
si la tristeza ocupa el norte
oscurecido del invierno?
(De Hojas lentas de otoño, 1997)
TE
DIGO AMOR
Te digo amor
y estoy diciendo otoño:
ocaso, lluvias, árboles desnudos...
Y no me pesa el labio por decir
amor y estar diciendo muerte.
Amor y muerte, sí,
pues digo consunción
y surge un crisantemo.
Y digo oscuridad o noche
y estoy diciendo luz de madrugada...
Te digo amor, te digo tierra,
y acaso estoy diciendo
eternidad o lirio.
(De Hojas lentas de otoño, 1997)
EL
REFLEJO
Retomo la niñez
para subir al caudaloso
planisferio de la inocencia
-lugar donde la noche es un regazo
en que se ahorma el día-,
y allí se me abre el cáliz del amor,
su innumerable espora o
el alba incontenible de los sueños.
Sobre las losas de pizarra,
el alma reproduce
esta visión del patio:
escaños, abalorios, tizas...,
cosas que inundan el perfil
borroso de una gran rayuela.
Detrás, en las profundas
alcobas de la casa,
la leña del hogar, el dulce
aditamento de la risa,
la pátina del beso, la amorosa
caricia de una extensa madre...
¿Madre?
¿Quién habita la casa sino el pálido
reflejo de una triste luna?
(De Hojas lentas de otoño, 1997)
¿QUÉ
SOMOS?
¿Qué somos, sino viento
indomeñable, transitorio
barro o efímera memoria?
¿O somos, además,
mareas invisibles
que no registra el tiempo ni el espacio?
¿Vivimos al morir, perdemos
en la muerte la causa de la muerte?
¿Qué seremos, entonces,
en ese almario inane
o luna exceptuada de la
gravitación universal?
(De Hojas lentas de otoño, 1997)
POR
ENCIMA DEL MÁRMOL
Por encima del mármol,
que responde a la causa del dolor
con un eterno frío,
sobresale la íntima
belleza de este otoño triste.
Y más que la nutrida humanidad
o compartido leño
en que el dolor se envuelve,
me abruman las calladas
esencias de esta antigua tierra:
Esas hojas de roble, esos
tonos maduros del castaño,
ese brezo que incuba
esplendores de miel y colorido,
el humero feraz
en que consiste el agua...
A esas cosas respondo,
porque esas cosas son, no el mármol,
las cenizas más nobles
donde pueda guardarse una memoria.
(De Hojas lentas de otoño, 1997)
REVERSIÓN
Un frío intestinal
se contrapone a esta belleza
de lenguas vegetales
que arropan el dolor
con los colores del otoño.
Rodeando las lágrimas, un viento
liviano, casi imperceptible,
agita el matorral
que representa a la memoria,
y arranca de sus cepas
calurosos tizones de familia.
De este modo,
los mármoles recientes se deslíen
en un vasto recuerdo:
el de un tronco de lumbres apretadas
que ha esparcido en los árboles
el beso largo de la leña.
(De Hojas lentas de otoño, 1997)
HOJAS
LENTAS DEL OTOÑO
Emanan de la tarde
vastos murciélagos de sombra
que, al pairo del crepúsculo,
anticipan el cerco de la noche.
La calle se concibe como
claro de luz artificial
y procelosa vida.
Sobre un clamor ferviente
de variada naturaleza,
los árboles modulan en sus copas
placideces de viento.
Pero tú, ojo mustio, banco
entristecido de la casa,
desoyes el clarín de este concilio
y escuchas en las hojas
no un fervor verde de músicas,
sino un llanto de ceras, un esputo
agrio de lenguas amarillas.
Después, al dorso de la sombra,
bajo el trino desnudo de los pájaros,
el alba irrumpe en mí con
lentas hojas de otoño.
(De Hojas lentas de otoño, 1997)
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