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FERNANDO
MEDRANO
LA
FOTOGRAFÍA EMOCIONAL DE UN ARTISTA SENSIBLE
Texto escrito para el programa de una exposición fotográfica
de Fernando Medrano sobre Cuba, organizada por la Caja de
Ahorros del Mediterráneo en Benidorm y posteriormente
convertida en itinerante.
Más
allá de la moda y los estereotipos, más allá de la figuración
y de los espejos, Fernando Medrano es un ojo de sensibilidad,
humilde y hondo, un artista en carnes de pureza cuyo afán de
superación no se fundamenta en la fama o el dinero, sino en el
placer de crear o recrear y, más lejanamente -como inevitable y
legítimo rebufo-, en la íntima satisfacción de unos
logros trabajosamente alcanzados.
Al igual que con la familia y con los amigos, su relación con
la cámara es un acto continuo de fidelidad, término que
implica al amor y al respeto. De ahí, de ese trato cordial,
limpio y generoso, con grandes dosis de tiempo y persistencia,
nace la mejor fotografía: la que destapa la arteria de nuestras
recónditas emociones y nos mueve a conectar con determinados
arpegios de Vivaldi, con un cuadro de lumbres de Sorolla o con
cierto verso de Rilke.
A través de la pupila de este nuevo Quijote, tan manchego como
el
original, casi tan Triste de Figura y no menos romántico, unos
cuantos amigos hemos tenido el privilegio de penetrar en
territorios como Grecia, cuyas diversas civilizaciones han sido
sabiamente sincretizadas en un hermoso bloque de diapositivas;
como Galicia, con su atavismo de meigas, de caballos, de
barcazas; como Venecia, con su esplendor de carnaval y sus
estilizadas pértigas de gondolero; como Huelva, con su Rocío
de veneración y sus gigantes polvaredas de camino... O quizás
como Zamora, en cuyos montes de La Carballeda, entre
robles añosos y lobos legendarios, aún pueden concebirse los
druidas...
Por todos esos lugares, y por otros de imposible enumeración en
este escrito, han pasado sus ojos de zahorí a la caza de
multiplicadas bellezas... Bellezas que ha logrado encontrar en
el almendro, "con su flor de luna"; en la rosa del
azafrán, que ya apunta al recuerdo; en el carmín de sangre de
una extensa amapola o en la estampa brava de un toro de lidia...
Molineros de pan y de aceituna, ancianos en bicicleta, rostros
de perfiles carpetanos o carpetovetónicos, una araña en su
intríngulis prolífico, un vendimiador, una abeja de miel en un
hollejo de uva, un tronco mimetizado en la eternidad de una
pedriza...
Paisajes con vida y movimiento, ruinas de dolor, naturalezas
muertas...Todo aquello que logre despertar una emoción, una añoranza,
un reguero de lágrimas o gozos, aquello que provoque admiración
y ante lo que es imposible quedar indiferente, es digno
sin duda de ser fotografiado por este inquieto hombre y, a través
de su ojo inquisidor, convertirse en arte. Porque "el arte
es un momento de la Creación rescatado del tiempo y del olvido;
o, más estrictamente, la plasmación material de ese mínimo
instante que, percibido y conformado por el artista, se hace
susceptible de captación por el común de los
humanos en la medida de sus diversas disposiciones o
sensibilidades."
Pero este elogio de hoy, que puede parecer coyuntural y
desmedido, ni mucho menos es nuevo. Hace más de dos años, con
motivo de la presentación de uno de mis libros en la que él
participó con la proyección de unas diapositivas que ahora
ya son indispensables, tuve el honor de transmitirle mi sincero
reconocimiento, cosa que hice así:
"Querido Fernando: mis encomiables propósitos han tomado
tintes de elucubración. En realidad, yo tomé el ratón de esta
máquina para zanjar un asunto pendiente, relacionado con la
presentación de mi último libro, pues quería poner por
escrito el agradecimiento que ya te anticipé de palabra;
agradecimiento por la dedicación, que es tiempo y trabajo, pero
también por la sensibilidad torrencial de las imágenes: en
ocasos, en mareas, en personas, en árboles, en flores...
Y a pesar de que la proyección era un elemento de apoyo, bien
puede decirse que resultó un fin en sí misma; y un fin de
verdadero relieve, con lo cual mi gratitud se hace escasa y, por
cauces de buen gusto, se vuelve admiración, felicitación y
enhorabuena".
Habría que añadir ahora que, en el lapso de dos años, este
elogio se ha quedado pequeño, por lo que debe ser corregido y
aumentado hasta la perfección del presente, momento en que se
encuadra esta magnífica exposición que, desprovista de
intereses espurios, recoge una visión auténtica de Cuba: esa
Isla lejana y entrañable con la que nosotros, los españoles,
tenemos una deuda de amor y un alto compromiso de fraternidad.
Dos viajes han sido necesarios para llegar a esta síntesis y, a
partir de ahí, el mérito es del ojo selectivo que caracteriza
a este artista que, por lo demás, ha contado siempre con el
apoyo inestimable de su mujer, Consuelo, y la paciencia
antigua de Job.
Con muchas menos palabras, el biólogo Joan Piera -atrapado
también en el imán de la fotografía-, ha definido al fotógrafo
Fernando Medrano como "Poeta de la imagen". Una
acertadísima definición en la que cabe cuanto yo he escrito
hasta aquí y, lo que es más importante, cuanto he dejado en
los labios del tintero.
Mariano Estrada, 02-05-98
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