Dos momentos en dos poemas

Ayer te dije:

Me conmuevo en tu risa,
que es de corazón luminiscente.
En tus ojos espléndidos,
de luz transfigurada y expresiva.
En tu pecho de alcurnia,
que rebosa emoción y precipicio...

En ti, en tu gozoso vientre,
que sabe a turbación y es de manzana.

El abuelo, el nieto y el cura

Gracias a la atracción en la que me tenía envuelto de niño, mi abuelo siempre ha sido para mí un motivo de inspiración literaria. De hecho, creo que la primera vez que cogí en serio una pluma fue para escribir un cuento en el que se reflejaran ciertos aspectos de su vida que me resultaban especialmente atrayentes.
Después imaginé un poema sobre su muerte que quedó recogido en el libro “Tierra conmovida”. Dejo aquí unos párrafos del cuento para facilitar, si cabe, la comprensión del poema.

In extremis

Cuando yo era niño, pocas personas había en el mundo, si es que había alguna, que fueran más entrañables que mi abuelo. Luego me hice joven y el abuelo pasó a estar más en un segundo plano, pero entonces apareció Víctor Manuel con el suyo que, si os acordáis, estaba sentado en el quicio de la puerta. Y no se había apagado aún el cigarro al que se aferraba aquel entrañable picador, cuando Alberto Cortez vino a rescatar al suyo a Galicia…

El árbol seco

Un hombre camina por el campo, va encorvado, de su figura emana una profunda tristeza. Sube una pequeña loma, se topa de frente con un árbol seco. Mira hacia arriba y, en ese instante, sus ojos se encuentran con los ojos de una extraña figura. Se reconoce en ella. Sonríe. Sabe que su dolor ha terminado.

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