El porro

Tenía 20 años y no había oído hablar de los porros. ¡Oh, what a stupid man! –me dijo un día una chica americana, llamada Helen, que quiso obtener de mí lo que yo no podía darle-.

Fue a partir de 1972 cuando las noticias sobre los porros empezaron a tener una frecuencia creciente que, con el paso del tiempo, se volvió realmente exponencial, hasta llegar a los años ochenta en los que el porro se había metido de lleno en todos los segmentos de la sociedad, o casi, y llegaba a los lugares más recónditos que puedan ser concebidos o imaginados, incluidos aquellos en los que la hierba, como todo el mundo sabía, nacía libremente en los valles, los prados y los montes y lo hacía únicamente para embellecer los paisajes y servir de alimento a los caballos, a los burros, a las vacas, a los corzos, a las ovejas…

Flor y hueso: ¿somos contradictorios?

No es la primera vez, ni creo que sea la última, que una persona se define a sí misma con términos contradictorios. Yo lo he hecho así: Soy astilla de fuego / copo de nieve / pelo cano de hombre / risa de nene. Sin embargo, paradójicamente, a menudo me he expresado de manera absolutamente categórica, sin asomos de duda, con palabras contundentes y precisas, con ideas suficientes y acabadas.

Fue Walt Whitman, el autor de Hojas de hierba y poeta de la naturaleza y de la libertad, quien dejó este asunto muy claro: ¿Me contradigo? Muy bien, entonces me contradigo (Soy enorme, contengo multitudes). Que es un modo de darle la vuelta a las cosas, es decir, reconocer la contradicción en la que uno se desenvuelve todos los días, pero no como desdoro, sino como enriquecimiento o grandeza; no como denigración, sino como alabanza. Aglutinar es mejor que separar. Ser esto y aquello es mejor que ser esto o aquello.

La ventana

Esta que veis ahí no es una de las ventanas que mandó cegar Alberti con insistencia en el poema “El ángel envidioso”. Esta es una ventana cegada de la casa familiar, donde yo amé y fui amado de niño. Está situada en Muelas de los Caballeros, Zamora, y ha sido sometida a rehabilitación por parte de mi hermana, que también amó y fue amada de niña. Todos. En esa casa, todos nos quisimos con locura, incluidos los gatos y los perros.

Ventana ciega, casa familiar, Muelas de los Caballeros. Foto M. Estrada

Leyendas sobre las culebras: El culebro y la vaca

Yo fui niño en un pueblo donde, habiendo muchas serpientes, lo lógico es que hubiera muchas leyendas. Según estas, hasta las madres que alimentaban a sus hijos dormidas eran visitadas de noche por culebras que apartaban al niño de la teta, se apoderaban del pezón y chupaban con total tranquilidad. ¿Y el marido sin enterarse? Eso parece. ¿Y el niño, no lloraba? No, porque las culebras son listas y le metían su propia cola en la boca: “Chupa, tontín, chupa mi colita”...